domingo, 25 de marzo de 2012

El buen combate de Mons. Lefebvre

Recordamos hoy día 25 de marzo la muerte de Monseñor Lefevbre, hace 21 años, con dos citas suyas con plena vigencia. Mons. Lefebvre, requiescat in pace.


"Tratamos con personas que no tienen ninguna noción de la verdad, ni la menor idea de lo que puede ser una verdad inmutable. Es gracioso comprobar que esos mismos liberales relativistas que fueron los verdaderos autores del Vaticano II, ahora llegan a dogmatizar ese Concilio que sin embargo habían declarado pastoral, y quieren imponernos las novedades conciliares como doctrinas definitivas e intocables. Y se enfadan cuando les digo: “Ah, ¡vosotros decís que el Papa ya no escribiría hoy Quas Primas! ¡Vaya! yo os digo: tampoco se escribiría ya hoy vuestro Concilio; ya está superado. Vosotros os aferráis a él porque es vuestra obra; pero yo me atengo a la Tradición porque es obra del Espíritu Santo.” "


"Queda claro que lo que se nos pide sin cesar: entera sumisión al Papa, entera sumisión al Concilio, aceptación de toda la reforma litúrgica, va en un sentido contrario a la tradición, en la medida en que el Papa, el Concilio y las reformas nos alejan de la tradición, como los hechos lo prueban más y más a través de los años. Pedirnos eso, es pedirnos colaborar con la desaparición de la fe. ¡Imposible! Los mártires han muerto por defender la fe. ¡Tenemos los ejemplos de cristianos prisioneros, torturados, enviados a campos de concentración por su fe! Un grano de incienso ofrecido a la divinidad, y ya está, habrían salvado sus vidas. Me han aconsejado a veces: “¡Firmad, firmad que aceptáis todo y luego continuad como antes!” ¡No! ¡No se juega con la fe!"


Mons. Marcel Lefebvre, Le Destronaron. Del liberalismo a la apostasía. La tragedia conciliar, (Obras completas. Tomo 1) Voz en el Desierto, México D.F., 2002.

lunes, 19 de marzo de 2012

Jovellanos y el tradicionalismo político contra el liberalismo de las Cortes de Cádiz

Leíamos recientemente el interesante artículo de Firmus et Rusticus, blog correligionario y de gran interés, donde se hace alusión a la expresión popular quizá algo ingenua, pero con su dosis de ironía y buen sentido, de "vivan las cadenas", con la que el pueblo español recibía a Fernando VII de su exilio después de la Guerra de Independencia. El significado, que refleja de forma magnífica el humor español, estaba claro: si era "Libertad" lo que traían los brutales invasores franceses, mejor quedarse con las antiguas cadenas. Esta misma idea recogía tiempo después el pensador tradicionalista Aparisi y Guijarro cuando afirmaba que "el despotismo de ayer aún era más libre que la libertad de hoy".

Este grito de la entraña del pueblo es un punto de partida muy interesante para considerar el lugar que ocupó Jovellanos en los acontecimientos de su tiempo, y con ello, dar cierta idea de la toma de conciencia del tradicionalismo político español que iba a materializarse más claramente con la disputa dinástica y el surgimiento del carlismo. Miguel Ayuso ha dicho al respecto, que "la tradición española, durmiente durante el siglo XVIII, halló en tal disputa la ocasión propicia para, ante la agresión de la revolución liberal, desperezarse y movilizar a todo un pueblo, con sus monarcas, sus pastores y sus sabios" (1). En ese mismo artículo se resalta una idea que aquí encaja a la perfección, y es que el tradicionalismo, a medida que fue perdiendo pujanza vital, fue afinando su doctrina hasta unas cotas admirables de perfección, particularmente hacia la segunda mitad del s. XX, con pensadores como Elías de Tejada, Canals Vidal, Rafael Gambra o Álvaro D'Ors.

Aquí nos encontramos en un momento de vivencia social impregnada de la tradición hispánica católica, pero en plena decadencia doctrinal después de ese "durmiente" s. XVIII. Por eso, pese a la ironía, no deja de tener algo de ingenuo esa frase simbólica de "vivan la cadenas", pues el pueblo se encontraba ante la impiedad revolucionaria de un lado y la una Monarquía con sus derivas absolutistas accidentales de otro, pese a lo cual era todavía muy preferible, y por ello fue aclamada popularmente. Aunque aún no han llegado los monarcas usurpadores liberales, la monarquía hispánica adolece ya de contaminación de las ideas absolutistas e ilustradas. Juan Mª Roma afirma de manera tajante: "Los que gobernaban durante los reyes absolutistas eran, como hemos visto, los liberales, masones y volterianos. De manera que el absolutismo español era monárquico, pero era a la vez liberal, masón, afrancesado y volteriano". Este proceso de contaminación se había manifestado en abusos y políticas concretas en detrimento de los fueros tradicionales, particularmente a partir de la supresión de los fueros aragoneses realizada el 29 de junio de 1707 por Felipe V. Como afirma José Antonio Ullate, "la destrucción de los fueros de Aragón supone el auténtico comienzo de la España moderna" (2).

Así pues, se entiende que desde la monarquía tradicional española era necesario corregir las desviaciones que por perniciosa influencia del absolutismo y despotismo europeo se habían introducido en ella como elementos extraños. En este sentido, no es raro que el verdadero tradicionalista se presentase como cierto tipo de reformador, y esta posición es la que propiamente corresponde a Jovellanos, falsamente llamado liberal por ello. Puede decirse además, que no eran verdaderos enemigos del absolutismo los liberales, sino sus auténticos descendientes, pues ambos tenían a la base de su pensamiento la idea de "soberanía", condenada por Jovellanos, y que siendo un principio fundamental del liberalismo, tiene su origen en Juan Bodino, principal teórico del absolutismo. La soberanía es según Bodino "el poder absoluto y perpetuo de una república", y esto mismo es lo que el liberalismo reclama cuando ensalza la soberanía nacional; es en definitiva el poder político y temporal como fundamento de todo derecho y toda verdad, independientemente de la ley natural y las verdades de la fe, a las que no se reconoce calidad de tales sino en cuanto lo decida el Estado. Nada cambia que esa pura voluntad tiránica la ejerza uno sólo, el monarca absoluto, o muchos, como sería en la soberanía popular liberal, pues ninguna decisión arbitraria hace algo justo y verdadero, la realice uno o muchos. Por eso ha afirmado el pensador tomista, político y dominico Fr. José Domingo Gafo: "tan ridícula y absurda es la consabida fórmula del liberalismo clásico: "la ley es la expresión de la voluntad nacional", como decir que es "la expresión de la voluntad de un soberano"; la ley es la expresión de la razón y de la justicia y nada más" (3).

Con motivo de su participación en las Cortes de Cádiz, y enfrentado a las ideas liberales que allí se expresaban, la figura de Jovellanos es presentada de esta manera por el tradicionalista Manuel de Bofarull y Romañá en su obra Las Antiguas Cortes: El Moderno Parlamento: El Régimen Representativo orgánico (1912): "Entre los raros hombres que en la Junta Central de Sevilla y en la Asamblea de Cádiz pensaron serena y desapasionadamente y vieron clara la realidad y el proceso histórico de nuestra España, sobresalen un astur y dos catalanes. Jovellanos, en su Memoria en defensa de aquélla, se muestra enemigo acérrimo de la "manía democrática", de la "herejía política", como él llamó al dogma de la soberanía nacional y de todas esas Constituciones quiméricas, abstractas y a priori que rápidamente s hacen y efímeramente viven".

No es de extrañar entonces que Jovellanos haya sido considerado como uno de los principales antecedentes del tradicionalismo carlista, y como tradicionalista lo califica Juan María Roma en su folleto sobre Las Cortes de Cádiz (1910), igualmente enfrentado al absolutismo y al liberalismo: "El que propone romper a este régimen opresor no es un liberal. El que quiere entrar en un régimen democrático y lo propone a la Central y lo realiza, es Jovellanos, un tradicionalista asturiano ilustre, uno de los hombres más notables de España, enemigo acérrimo del liberalismo, del afrancesamiento, del volterianismo y de la masonería". Igual lo consideraba el diario tradicionalista El Norte, que el 24 de septiembre de 1911, ante el centenario que se aproximaba, afirmaba: "Por todos estos motivos no es de extrañar que Jovellanos, como otros muchos, hayan sido calificados de liberales, por más que, a nuestro entender, sólo les puede convenir tal calificativo de un modo impropio o incompleto, toda vez que estos hombres extraordinarios, siempre y en todo tiempo se mostraron sumisos al principio de autoridad, no sólo religiosa, sino civil y hasta científica". No obstante, uno de los grandes divulgadores de la obra de Jovellanos, fue el gran político y orador carlista Cándido Nocedal, que escribió una biografía sobre él, fruto de un profundo estudio de su vida y obra.

Está claro que
Jovellanos ha sido siempre reclamado por el tradicionalismo con justicia, y casi exclusivamente se le ha creído liberal por una falsa concepción simplista de la historia, en la que se reduce todo a enfrentar a los reformadores liberales y a los reaccionarios absolutistas, cuando los hechos históricos no pueden de ninguna manera reducirse a tal consideración, y aún los mismos principios doctrinales tampoco, como hemos mencionado a propósito de la relación entre absolutismo y liberalismo en base a su común concepto de soberanía.

Juan Vázquez de Mella lo reconoció también como tradicionalista, y evocando las Cortes de Cádiz dice: "...cuando en los proyectos de las Cortes de 1812 representaba nuestros principios Jovellanos en los apéndices a la Memoria de la Junta Central..." (4). Sobre la consideración de Vázquez de Mella en relación a Jovellanos, dijo Manuel de Vereterra: "Vázquez de Mella fue uno de los pensadores que más temprana y profundamente entendió a Jovellanos; el tantas veces citado don Gaspar Melchor de Jovellanos, citado casi siempre por quienes no lo han leído. Pues bien: Mella señalaba agudamente cómo Jovellanos sufre alguna desviación en materia económica, y sólo en este sentido cabe referirse a él como algo liberal. En materia política, sin embargo, Jovellanos es ortodoxo, es tradicionalista. Tal vez el primer tradicionalista político moderno con conciencia de serlo. Jovellanos habla de constitución en el sentido de constitución histórica, no escrita ni improvisada, sino formada por el conjunto de leyes, fueros, costumbres e instituciones que la Monarquía española y sus pueblos, sus distintos reinos, principados y señoríos, se han ido dando a sí mismos en el transcurso de los siglos y de las generaciones." (5)

En definitiva, Jovellanos fue un verdadero precursor del tradicionalismo carlista, pese a sus ligeras desviaciones, pues vivió un momento histórico en el que la encarnación de los principios tradicionales, que era la Monarquía hispánica, vivía un período de decadencia en su doctrina esencial, cada vez más olvidada. Su esfuerzo, como el de tantos otros, como el P. Alvarado, o Capmany o el Barón de Eroles, presentes también en las Cortes de Cádiz, fue el de sacar a la luz de manera reflexiva los verdaderos principios de la Monarquía tradicional, para así darle una nueva vitalidad sin caer en el liberalismo, que acechaba para darle su última estocada y destruirla completamente.



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(1) Ayuso, M.: El carlismo, entre la vivencia y la teorización, en A los 175 años del Carlismo. Una revisión de la tradición política hispánica, VVAA, Itinerarios, Madrid, 2011, p. 21.

(2) Ullate Fabo, J. A.: Españoles que no pudieron serlo. La verdadera historia de la independencia de América, Libros Libres, Madrid, 2009, p. 75.

(3) Domingo Gafo, J.: Las Cortes y la Constitución de Cádiz, Ciencia Tomista, Tomo V, p. 232.

(4) Obras completas, tomo XI, pág. 81, citado en el Estudio Preliminar de Rafael Gambra a El Verbo de la Tradición. Textos escogidos de Juan Vázquez de Mella, p. 36.

(5) Manuel de Vereterra Fernández de Córdoba, "Asturianismo, ¿Tradición o Estatuto?", Club Prensa Asturiana, 24 de febrero de 2006.

miércoles, 7 de marzo de 2012

La santidad de Tomás de Aquino


Un año más, celebramos la festividad de Santo Tomás de Aquino en este blog, hoy día 7 de marzo de 2012. Si hace poco traíamos una cita sobre su personalidad científica en la que siempre se armonizan fe y razón sin menoscabo de ninguna de las dos, hoy interesa mostrar al santo, al hombre que tras escribir miles de páginas de sabiduría altísima, afirmaba que era todo paja comparado con la caridad y el amor de Dios, la oración y lo inconmensurable del Santísimo Sacramento del Altar.

No era Santo Tomás un "intelectual", sino un hombre completo, fundamentalmente un santo, por eso afirmaba que rezar, que es hablar con Dios, es mejor que hablar de Dios, porque mientras que por nuestro conocimiento, en cierto modo rebajamos a Dios para encajarlo en nuestro entendimiento limitado, por la caridad nos elevamos a Él: "En esta vida es mejor conocer que amar las cosas inferiores a nosotros, pero es mejor amar las cosas que son superiores. Respecto de Dios es mejor amarlo que conocerlo, porque el conocimiento hace que las cosas vengan a nosotros y se adapten a nuestra manera de ser; pero el amor, que es la caridad, nos hace salir de nosotros y nos lanza hacia el objeto amado. El que ama se asemeja a la cosa amada; el que conoce adapta la cosa conocida a su propio modo de ser. De suerte que, cuando se trata de cosas inferiores, las elevamos cuando las conocemos, porque les damos nuestro propio modo de ser; pero cuando las amamos nos envilecemos. En cambio, cuando conocemos las cosas superiores, las empequeñecemos cuando se adaptan a nuestra inteligencia; pero, cuando las amamos, nos elevamos hacia ellas. Por eso, en esta vida, es mejor amar a Dios que conocerlo, y por ello es más lo que amamos a Dios por la caridad que lo que lo conocemos por la fe." (ST, I, q. 82, a. 3.)

Por este motivo, aunque no es la idea común que se tiene de él, toda su vida y su obra culminan en la mística, el tipo más elevado de sabiduría, habiendo sido sin embargo altísima su sabiduría racional filosófica y teológica. No está de más repasar en esta festividad esa experiencia del santo al final de su vida, de la mano de Santiago Ramírez (Introducción general a la Suma Teológica. Síntesis biográfica de Santo Tomás):

"...continuó la composición de la Suma Teológica, escribiendo la tercera parte, que trata de la Encarnación, de la Redención y de los Sacramentos. Por Cuaresma de 1273 escribía sobre los misterios de la vida, pasión y muerte del Salvador. Estaba absorto en la contemplación de tan altos misterios. Precisamente el 26 de marzo, domínica de Pasión, se ocupaba en escribir sobre las penas y dolores de Jesucristo en el proceso de su sagrada Pasión; y durante la celebración de su misa, a la que asistían muchos señores y caballeros, sufrió un éxtasis acompañado de tantas lágrimas, que parecía se reproducían en él las penas del mismo Cristo; y tan prolongado, que hubieron de sacudirlo fuertemente para que volviese en sí y continuase el santo sacrificio. Terminado éste y vuelto a la sacristía, se le acercaron algunos de los seglares y religiosos que habían asistido, deseosos de saber lo que le había pasado. Él los recibió amablemente, pero no les dijo nada de lo que había visto y experimentado.

En los meses siguientes trabajaba sin descanso, escribiendo y dictando sobre los sacramentos. Al tratar de la Eucaristía, solía bajar a la iglesia cuando no había nadie en ella, es decir, por la noche antes de maitines. Allí, en la capilla de San Nicolás, se postraba en oración y pasaba largas horas de rodillas ante el crucifijo. Lo mismo había hecho cuando escribía sobre la muerte y resurrección de Cristo. El sacristán, fray Domingo de Caserta, lo sorprendió una vez elevado dos codos sobre el suelo, y oyó la voz del crucifijo, que le decía: "Tomás, está muy bien lo que has escrito de mí; ¿qué galardón quieres por tu trabajo?" Y él respondió: "Señor, no quiero más que a ti solo" (Tocco, Vita... c.34: Fontes, p. 108)

A primeros de noviembre comienza con el sacramento de la Penitencia. Dicta y escribe varias cuestiones. El 5 de diciembre ha dictado la cuestión 90, que versa sobre las partes de la Penitencia en general. Al día siguiente, fiesta de San Nicolás, celebra en su capilla con especial devoción. Ha tenido un arrobamiento muy prolongado y ha derramado muchas lágrimas. Está como fuera de sí. Oye otra misa, como de costumbre, pero no ayuda a ella. Quieto, de rodillas, no hace más que llorar.

Por fin vuelve a su celda. Poco después, fray Reginaldo y los demás amanuenses se presentan ante él, como todos los días, para continuar el trabajo. Fray Tomás les agradece sus servicios, pero les dice que por entonces no les puede dictar nada. Se van. Horas más tarde vuelve fray Reginaldo por si necesita de su ayuda. Sorpresa. La mesa de trabajo de fray Tomás está completamente transformada. No hay en ella códices, ni papel, ni plumas, ni tintero. Todo lo ha archivado en un armario. Él no pasea ni lee sentado. Está de rodillas, y sus ojos son dos fuentes de lágrimas."

Tras estos acontecimientos, informado el Prior, aconsejó a Santo Tomás que descansara, pues se temía que estuviera agotado y al borde de la enfermedad. Debía además tener energías para ir próximamente al Concilio de Lyon, para el que Gregorio X le había convocado personalmente. Continúa Santiago Ramírez:

"...volvió a insistirle fray Reginaldo una y otra vez que hiciese un pequeño esfuerzo para acabar la Suma, pues le faltaba muy poco, y la leve mejoría que había experimentado le bastaba para ello. Pero Tomás le respondía invariablemente: "No puedo". "¿Y por qué no puede?", le replicaba aquél. Hasta que una vez, cansado de no obtener respuesta a esta su réplica, le suplicó con lágrimas en los ojos: "Dígame por amor de ios por qué no puede". Al verse conjurado en nombre de Dios, le contestó: "Después de lo que Dios se dignó revelarme el día de San Nicolás, me parece paja todo cuanto he escrito en mi vida, y por eso no puedo escribir ya más. Pero, en el nombre del mismo Dios que has invocado, te ruego y mando que no digas a nadie mientras yo viva lo que acabo de manifestarte" (Bartolomé de Capua, Proceso napolitano de canonización n. 79: Fontes, p. 377)"

Así se acercaba el momento de su muerte, y en viaje para el Concilio de Lyon, pidió que lo llevaran al monasterio de Fosanova, presintiendo que se acercaba el fin de su vida, estando en el año 1274 del Señor. Nada más llegar fue a visitar el Santísimo Sacramento, y al salir recitó un framento del salmo 131: Haec requies mea in saeculum saeculi; hic habitabo, quoniam elegi eam (Éste es mi reposo para siempre; aquí habitaré porque la he elegido). Así cuenta Santiago Ramírez los últimos momentos en la vida de Santo Tomás de Aquino:

"A primeros de marzo empeoró notablemente. Hizo confesión general a su confesor habitual, fray Reginaldo, y pidió que le administrasen el Santo Viático.

...No obstante su extrema debilidad, el enfermo, haciendo un supremo esfuerzo, se levantó de su lecho y postrado en tierra estuvo largo rato en adoración del Santísimo Sacramento, mientras recitaba el Confiteor Deo. Luego se puso de rodillas e hizo una magnífica y conmovedora profesión de fe, sometiendo todo cuanto había enseñado y escrito a la corrección de la Santa Madre Iglesia Romana.
Al día siguiente pidió la Extremaunción, que recibió con máxima devoción, respondiendo a todas y cada una de sus fórmulas y oraciones. Era el atardecer del martes día 6. Y al amanecer del día 7, miércoles, sin agonía y con plena lucidez, juntas las manos en actitud orante, exhaló el último suspiro, entregando dulcemente su alma en manos de su Dios y Creador. Tenía cuarenta y nueve años cumplidos y acababa de comenzar el quincuagésimo.

Su cadaver exhalaba un intenso y agradable perfume. Al trasladarlo a la iglesia abacial para darle sepultura junto al altar mayor, lo llevaron hasta la puerta del monasterio, con objeto de que pudiera verlo su sobrina Francisca, que lloraba desconsolada.

...En meses y años sucesivos (septiembre de 1274, 1281, 1288) hicieron los monjes varias traslaciones de su cuerpo por temor de que lo robasen, y siempre lo encontraron incorrupto y exhalando un olor suavísimo, a pesar de haberlo tenido enterrado en lugar sumamente húmedo...

...Grande y universal fue el sentimiento por su muerte. San Alberto Magno, que por divina revelación la conoció en el mismo instante de acaecer, prorrumpió en lágrimas y sollozos, diciendo: "Ha muerto mi hijo fray Tomas, flor del mundo y luz de la Iglesia".

...Dolor incoercible, que expresa vivamente esta anotación final de un códice de Oxford del siglo XIII, de la Suma Teológica: Hic moritur Thomas. O mors, quam sis maledicta. Aquí muere Tomás. ¡Oh muerte, maldita seas!"

Como todos los grandes santos, Santo Tomás no sólo vivió ejemplarmente, sino que murió también santamente, y todo cuanto rodea este acontecimiento, más allá de su gigantesca inteligencia, nos habla de su santidad y su gran virtud y amor de Dios. Este genio y luz de la Iglesia que murió, como él mismo anunció a fray Reginaldo, como un "simple fraile".


sábado, 3 de marzo de 2012

Fe y mentalidad científica en santo Tomás de Aquino


"No se debe afirmar nada que repugne a la fe. Pero tampoco se debe presentar, sin más ni más, todo lo que se considera verdadero y exacto como verdad de fe, si no es un dogma. Porque la verdad de nuestra fe se convierte en irrisión de los incrédulos si un católico desprovisto de los necesarios conocimientos científicos presenta como un dogma algo que en realidad no lo es y que acaso a la luz de un riguroso examen científico se manifieste como error" (Pot. 4, 1.)

viernes, 3 de febrero de 2012

Las consecuencias de la lujuría, por Melchor Cano

TRATADO DE LA VICTORIA DE SÍ MISMO, de Fr. Melchor Cano, O.P.
Del vicio de la lujuria


"...Pues veamos ahora cuántos son los males que deste solo mal proceden. Primeramente hace a los hombres, hombres de noche, que como lechuzas u otros animales nocturnos, no pueden alzar los ojos a ningún resplandor ni hermosura celestial. Item, hácese el hombre inconsiderado, que ni teme daño ni vergüenza, ni tiene respeto al bien que pierde ni al mal en que incurre; porque el vicio a que está atado le trae en torno cubierta la vista como a bestia de noria, o como a Sansón los filisteos, sacados los ojos en la tahona. Finalmente, de tal suerte se ciega la razón, que todo el afecto que se había de emplear en Dios, se revuelve al mundo, y todo el cuidado que se había de poner en el alma, se transpasa al cuerpo; ni se sabe ya imaginar otro paraíso, salvo revolcarse en el cieno del lujurioso deleite, é ya que alguna vez levanta el corazón a Dios, es para le demandar o gracias mundanas o bienes temporales; que otros ni los desea ni los estima, y aún a las veces este abominable vicio trae al hombre a un fastidio de Dios y de las cosas divinas, y sólo aquello le cae en gracia, que no desdice a sus torpes deseos. La lección de santos libros le aborrece, las buenas prácticas le enfadan, la oración le da en el rostro, de la santidad propia desespera, la ajena le amohina, los humanos consejos le importunan, las divinas inspiraciones le remuerden. En fin, toda buena consideración le es molesta; porque el miserable deleite le tiene tan captiva el alma, que le hace tener odio a todo lo que pone embargo en los placeres de la carne; y así le pesa que haya leyes en contrario, que haya infierno, que se le acuerden sus pecados, que haya inmortalidad del alma y eternidad de siglo advenidero, con breve término y conclusión de toda su felicidad presente. Donde viene que la fe no les es más que una hiel en la miel de sus carnalidades, y cuando le representa, o la eterna bienaventuranza de los buenos, o la perpétua mala ventura de los malos malditos, cae en una mortal accidia, y comienza a vacilar en la firmeza de la fe con una confusión de varios pensamientos, que es la Babilonia, la cual edificó el amor propio, cresciendo de día en día, hasta venir al desprecio de Dios y de sus divinos preceptos. Tal es la cola desta mostruosa serpiente, que luego tan halagüeño y blando rostro nos muestra. Tal es el remate del vicio de la lujuria, que su poco a poco vino a asolar la fábrica de la virtud hasta los fundamentos della."

lunes, 31 de octubre de 2011

El camino de Roma, de Hilaire Belloc

Recientemente ha aparecido una joya editorial de la que teníamos necesidad en el mundo de lengua hispana; una magnífica obra de Hilaire Belloc, quizá la mejor y la más querida por el propio autor, hasta ahora sólo disponible en una más pobre y mutilada traducción.

Se trata de El camino de Roma, publicada por Producciones Gaudete, donde la prosa bellociana fluye como un torrente entre anécdotas personales, descripciones y reflexiones aparentemente sencillas pero enjundiosas. La declaración de estilo queda clara desde bien pronto: "¡Escribid como sopla el viento y comandad a todas las palabras como si fuera un ejército!". No es una historia intimista, ni tampoco se aprecia ningún tipo de sentimentalismo, aunque nos sumerge en un vivencia profunda y vigorosa de la Fe y de una vieja cristiandad que impregnaba toda la sociedad. Este peculiar estilo y carácter de Belloc es descrito de manera muy acertada por el editor en estas líneas:

"En Belloc llama la atención su estar a gusto en el mundo, al menos en el mundo tal como nos fue legado por la vieja civilización cristiana, pero también en su aspecto de morada natural. En él no se respira ese desprecio del mundo que, erróneamente, algunos toman automáticamente por un anhelo de las cosas celestes. En él hallamos algo más próximo, menos artificioso y más desnudo, más afín a nuestro ser: el hecho de que el mundo es un lugar hermoso y terrible que amamos y del que, sin embargo, no ignoramos sus flaquezas y sus peligros. A una relación como ésta le sobreviene la fe como un don, pero también como un combate, pues sabemos que debemos gozar de este mundo como pasajero y en función de las exigencias del siguiente, mas eso no nos hace repudiarlo ni rechazarlo, sino que da una ternura doliente a nuestro viejo amor por la tierra, mientras buscamos el cielo"

Su forma de estar en el mundo nos transmite la alegría del cristiano que disfruta de los bienes legítimos que Dios nos ha dado, que se regocija en la paz espiritual que proporciona el orden de la vieja cristiandad, pues como expresa San Agustín, la paz no es otra cosa que la tranquilidad del orden, a diferencia del concepto negativo moderno, que supone que es únicamente la ausencia de violencia, fundamentalmente física, pues es la única que entiende el materialismo. Dicha paz espiritual no tiene nada de timorata y pusilánime, pues Belloc profesa una "devotio guerrera", en palabras otra vez del editor, que como refleja el fragmento que a continuación reproducimos, reivindica las viejas costumbres heredadas, como cazar, disfrutar de la buena bebida, cantar, bailar, navegar y trabajar con las propias manos. Y contra los absurdos y sinsabores de este mundo, el arma siempre eficaz de la ironía y el humor, que Belloc destila a raudales. De esta forma termina su hilarante prólogo: "Así que amémonos los unos a los otros y riámonos. El tiempo pasa y dentro de poco ya no reiremos. Entre tanto, la vida en común se hace difícil y gente muy seria nos está al acecho. Soportemos, pues, las cosas absurdas, pues tal cosa no es sino soportarnos mutuamente".




***

Fragmento de "El camino de Roma", de Hilaire Belloc


En el siguiente pueblo descubrí que la misa ya había terminado, lo que con justicia me enojó, porque ¿qué es una peregrinación en la que un hombre no puede oir misa todas las mañanas? De cuantas cosas había leído de San Luis (y que me hacían lamentar no haberle conocido y hablado con él), la que más me complacía era su costumbre de oír misa diariamente cuando viajaba hacia el sur. Por qué eso me parece tan delicioso es cosa que no acierto a explicar. Una costumbre como ésa conlleva, desde luego, una gracia y una benigna influencia, pero no me refiero a eso, sino a la grata sensación de orden y de cosa bien hecha que acompaña al día que uno inicia asistiendo a misa. Es una sensación puramente humana y, hasta donde se me alcanza, del tipo de las que los frailes de la fundición hubieran calificado de "sentimiento carnal", pero que es fuente de continuo consuelo para mí. Que ellos sigan su camino y yo el mío.

Esa sensación de consuelo yo la atribuyo a cuatro causas (un poco más arriba acabo de decir que no acierto con una explicación, mas ¿qué importancia tiene?). Y esas causas son:

1) Que durante media hora, justo al inaugurarse el día, está uno silencioso y recogido, y tiene que poner a un lado cuidados, intereses y pasiones mientras repite un acto familiar. Esto es sin duda un gran beneficio para el cuerpo y sirve para darle tono.

2) Que la misa es un ritual minucioso y rápido. La función de todo ritual (como vemos en los juegos, convenciones sociales y demás) es aliviar la mente de tanta responsabilidad e iniciativas, como si se replegara en sí misma, haciendo que durante el tiempo que dura la ceremonia nuestra vida se fije en sí misma. Así se experimenta un singular reposo tras el cual estoy seguro de que uno es más apto para la acción y para el juicio.

3) Que lo que nos rodea en la misa nos inclina a pensamientos buenos y razonables, amortiguando durante ese rato la aspereza e inquietud de esa atareada perversidad que nos trabaja por dentro y que recibimos del prójimo, la cual es la verdadera fuente de todas las miserias humanas. De manera que el tiempo pasado en misa es como un breve descanso en el seno de una profunda y bien provista biblioteca, protegida de todo sonido del exterior y en la que uno se siente seguro contra todo el mundo exterior.

4) Y la causa más importante de ese sentimiento de satisfacción es que uno hace lo que el género humano ha hecho durante miles de años. Ésta es una cuestión de tanta trascendencia que me asombra que la gente apenas escuche hablar de ello. Para ser moderadamente felices (por supuesto, ningún hombre o mujer adultos puede realmente ser muy feliz durante demasiado tiempo, pero quiero decir razonablemente feliz) y, lo que es más importante, para la decencia y tranquilidad de nuestras almas, sabemos que habremos decumplir con cualquier cosa que haya sido sepultada en nuestra sangre por la costumbre inmemorial. Ésa es la razón por la que de vez en cuando deberíamos ir de caza, o al menos disparar sobre una diana; deberíamos tomar siempre algún tipo de bebida fermentada con nuestras comidas -con especial obligación en los días de fiesta-; deberíamos de tiempo en tiempo bañarnos en el mar o en el río y en ciertas ocasiones deberíamos danzar, lo mismo que deberíamos cantar a coro. Pues todas estas cosas el hombre las ha practicado desde que Dios lo puso en un jardín y por vez primera sus ojos se inquietaron por un alma. En este sentido, recientemente algún maestro o indignado o cualquier otra cosa -cuyo nombre he olvidado- dijo al menos algo muy inteligente: que todo hombre debería realizar algún trabajillo con sus propias manos.

Qué buena filosofía es ésta y cuánto más valdría que las personas ricas, en vez de gastar su influencia y dinero en ligas para promover tal o cual excepcional asunto, dedicasen su capital a la conversión de la clase media a la vida sencilla y a las tradiciones de la raza. Si yo tuviese poder me encargaría de que durante unos treinta años la gente pudiera seguir en todas las cosas sus instintos heredados cazando, bebiendo, cantando, bailando, navegando y cavando; y quienes se resistiesen serían obligados a ello por la fuerza.

Así que en la misa de la mañana uno hace todo lo que la raza necesita hacer y ha hecho durante todas las épocas en lo que a religión concierne. En la misa tenemos la zona separada y sacra, el altar, el sacerdote revestido, el ritual invariable, el idioma antiguo y jerárquico, y en fin todo cuanto la naturaleza humana pida a gritos en materia de adoración.



(HILAIRE BELLOC, El camino de Roma, Ed. Gaudete, pp. 47-48)

viernes, 23 de septiembre de 2011

¿Qué es un tomista?

por Santiago Ramírez, O. P.
(fragmentos)


A las fiestas centenarias de la muerte de Santo Tomás se siguió una restauración y un rejuvenecimiento del tomismo, que todos participamos y aplaudimos, gracias al impulso gigantesco del gran León XIII, continuado por sus sucesores en el Trono Pontificio y secundado por la docilidad y por los esfuerzos de los católicos de buena voluntad.
¿Será estéril el centenario de su canonización? Si esto fuese verdad, debería decirse que la vida y la gloria hay que buscarlas en el sepulcro y no en los altares. Deber es de los católicos, singularmente de los de nuestra España, hacer fecundo este centenario con una fecundidad mayor que la pasada, ya que, según dice hermosamente León XIII, son los españoles "qui memoriam adamant Doctoris Angelici et in quibus Thomistica philosophandi ratio sectatores ingeniosos et doctos omni tempore invenit"
Y como la fecundidad es una propiedad de la vida perfecta y la vida no existe en abstracto, sino en algún sujeto vivo, necesario es concluír que la fecundidad del tomismo debe brotar de la vida tomista perfecta existente en los tomistas perfectos.

...Por tomista no entendemos una palabra vacía, ni un hombre vestido de cierto color determinado, sea blanco, sea negro, ni mucho menos uno que toma de Santo Tomás lo que le viene en talante, según sus caprichos, sino más bien aquel que participa o tiene o aspira a tener el espíritu de Santo Tomás de Aquino y que procura, cuanto está de su parte, penetrarse más de él y obrar en conformidad con él.

I. ¿Cuál es el espíritu verdadero de Santo Tomás de Aquino?

...El Santo Doctor no se contentaba de buscar a Dios con la inteligencia, por medio del estudio; porque Santo Tomás no era un intelectualista seco y árido, ni tampoco un místico sentimental, sino un espíritu sumamente equilibrado en su entendimiento y en su voluntad.
...En Santo Tomás no es posible separar su oración de su estudio, como no es posible separar su sabiduría de su santidad, pues santificándose se hizo sabio y estudiando se santificó; en él no se explica su ciencia sin su oración, ni tampoco su oración sin su ciencia.
...Si nos es lícito expresarnos así, Santo Tomás es un caso típico y concreto de la unión y de la armonía entre la razón y la fe, entre la santidad y la ciencia, entre la Filosofía y la Teología; él mismo es la encarnación nata de su propio sistema, y por eso el primer tomista y el tipo del tomismo puro e íntegro es el mismo Santo Tomás en persona.




II. ¿Cuál debe ser el "espíritu" de un verdadero tomista?

Visto el espíritu de Santo Tomás en sí mismo, no será difícil saber lo que es un tomista. Será, pues, un tomista el que tiene o aspira a tener por entero el espíritu de Santo Tomás, no de un modo cualquiera, sino tal como lo entiende la Iglesia.

...La amplitud del espíritu tomista exige que el tomista lo estudie todo, a ser posible, en sus propias fuentes, a imitación del Santo Doctor. Debe, pues conocer a fondo la Sagrada Escritura y estar enterado de los adelantos exegéticos de los últimos tiempos; debe dominar los Padres todos de la Iglesia, en su aspecto doctrinal y crítico, no con la superficialidad de un simple historiador, sino con la profundidad de un teólogo; debe estar familiarizado con todos los teólogos antiguos y modernos, hostiles a Santo Tomás y defensores de él; debe poseer muy bien la Filosofía antigua y la de su tiempo, la sana y la falsa, para aprovecharse de aquélla e impugnar a ésta y saber deslindar con verdad y con acierto los límites de la fe y de la razón; en suma, debe trabajar por dominarlo todo desde el Verbo de Dios, como Santo Tomás dominó toda la ciencia de su tiempo y la hizo servir a Dios.
Claro está -y esto no necesita decirse- que el tomista debe empezar por estar familiarizado con todas las obras del Santo Doctor, no estudiándolas como a ratos perdidos y consultándolas únicamente en casos de aprieto, sino de una manera constante, per se.

...Pero no basta encasillarse en Santo Tomás sólo y renegar como sistemáticamente de todos los demás. No nació el Angélico por generación espontánea, sino que fue incubado ya desde los tiempos antiguos, especialmente por San Agustín y por Aristóteles, en cuanto a su forma sistemática; pero de todos depende, aun de sus mismos contemporáneos; por eso es imposible conocer a Santo Tomás en sí mismo, ignorando la tradición filosófica y teológica desde los primeros tiempos. ¿No construyó él su grandiosa síntesis teniendo presente todo el pensamiento humano? Los sillares de esa gran fábrica han sido recogidos y pulimentados en gran parte por la humanidad entera, si bien el arquitecto fue Santo Tomás de Aquino.

...El tomismo no vive en el papel, sino en las inteligencias; y en las inteligencias vive como alimento que debe asimilarse y como germen que debe desarrollarse y fructificar... El tomista no debe transcribir sino ampliar a Santo Tomás, depurando y completando sus fuentes, tanteando y consolidando sus principios, asimilando y aumentando sus doctrinas con los nuevos elementos asimilables aportados por sus sucesores hasta nuestros días; y, una vez hecho todo esto, aplicar el tomismo a los problemas de hoy, con seguridad de éxito.

...Hace falta, pues, que el tomista verdadero amplíe con todas sus fuerzas el tomismo y le haga crecer; pero con un crecimiento homogéneo y por intususcepción, no heterogéneo ni por yuxtaposición. Por eso es necesario digerir todo lo que viene de afuera, no con medicinas y artificialmente, sino con los jugos segregados del propio tomismo, que son de suyo bastante poderosos para hacer fermentar y producir la digestión de cualquier alimento, por fuerte que sea, si es objetivamente asimilable. Pero aquí, como en todas las cosas, hace falta discreción, para no empeñarse en tomar alientos malsanos que, en lugar de dar fuerzas, producen vértigos, hasta que se arrojan de sí mediante una reacción violenta: tal sucedió a los tomistas que quisieron devorar los platos preparados por Descartes, por los [revelacionistas], por los ontologistas y por los modernistas. No han tenido más que dos caminos: o reventar, si eran de estómago débil o comieron demasiado; o vomitarlos, teniendo que estar a dieta una temporada, con el agravante de deber purgarse repetidas veces, y luego fortificarse con inyecciones de tomismo puro, hasta reanudar la vida normal.
Pero hay que guardarse también del vicio opuesto, y no encerrarse en sí, sin querer tomar alimento alguno, por temor de que nos van a envenenar. Tomemos, sí, las debidas precauciones -y la Santa Sede ha señalado varias-; pero después hay que nutrirse bien, para tener vida abundante y perfecta, advirtiendo siempre que el provecho no está en proporción con lo que se come, sino con lo que se digiere, según dice hermosamente Balmes.

...El tomista verdadero debe reconocer ese campo tan trillado de la especulación tomista de siete siglos, y tomar un bieldo y aventar esa preciosa mies, para separar el grano de la paja y dejar que el viento de la crítica se lleve el polvo. Debe, pues, comenzar por hacer un trabajo de limpieza y de depuración.

...Alguien nos dirá, al acabar de leer cuanto llevamos dicho, que hacemos imposible un tomista perfecto, porque nadie puede, él solo, con tanto... Es verdad: una cosa es el ideal y otra cosa es la realidad. Un solo hombre no puede por sí mismo abarcarlo todo, pero debe trabajar lo posible por acercarse a ese ideal.
Después de un estudio de conjunto, que todos podemos hacer, es preciso especializarse y hacer monografías completas sobre puntos determinados, según todas las exigencias del ideal tomista. Esto es posible realizarlo, y del conjunto de esas monografías bien hechas saldrá un tomismo completo, verdaderamente ampliado.
Lo malo es que muchos, viendo esa dificultad, y queriendo, sin embargo, aparentar ser tomistas perfectos, se contentan con tomar unas cuantas nociones de Santo Tomás, sin haberlas meditado y profundizado bien, y luego recoger de aquí y de allí unos cuantos datos históricos, con alguna que otra observación crítica, y así lanzan a la publicidad con grande aparato y al son de trompetas y de tambores los frutos de sus lucubraciones, artículos sobre artículos y volúmenes tras volúmenes.

...Algo semejante ocurre en su género con muchos sabios y con no pocos filósofos de nuestros días. No tienen paciencia o capacidad bastante para hacer profundas especulaciones, o desdeñan rebajarse al estudio concienzudo y detallado de laboratorio, y con ese espíritu -que es la antítesis del espíritu de Santo Tomás, según lo hemos visto más arriba- echan a perder la causa de la Filosofía y de la Ciencia... No estaría mal tener un poco más de humildad y confesar la propia ignorancia...

...Aspiremos, pues, según los deseos de la Iglesia, a ser tomistas integrales y perfectos, en la vida y en la doctrina: si en Santo Tomás no pueden separarse el Santo y el Sabio, tampoco deben separarse en los tomistas. Teniendo estos deseos y aspiraciones es como rezaremos con espíritu y con verdad la oración de la Iglesia en la fiesta de su Doctor, que contiene la síntesis de todo el presente artículo:



- Deus, qui Ecclesiam tuam BEATI THOMAE Confessoris tui atque Doctoris.

a) mira eruditione clarificas
b) et sancta operatione fecundas:

- DA NOBIS, quaesumus,

a) et quae docuit intellectu conspicere,
b) et quae egit imitatione complere.

- PER CHRISTUM Dominum nostrum. Amen. ASÍ SEA.


FR. SANTIAGO Mª RAMÍREZ, O.P.

Salamanca, 5 de febrero de 1923.