lunes, 7 de marzo de 2011

7 de marzo, Santo Tomás de Aquino




SEMBLANZA ESPIRITUAL de Santo Tomás de Aquino
por Santiago Ramírez, O.P.


Santo Tomás era de alta estatura —de 1,90 metros—, recto, grueso, de cabeza voluminosa y calva en la región frontal, bien proporcionada, de color trigueño, de porte distinguido y de una sensibilidad extraordinaria. Cualquier cambio atmosférico o de clima le afectaba, y era sumamente sensible al frío. Su figura prócer se destacaba grandemente entre todos los miembros de la comunidad.

Su inteligencia era rápida, profunda, equilibrada; prodigiosa su memoria; insaciable su curiosidad, y su laboriosidad no conocía descanso. Comprendía con facilidad cuanto leía u oía, y lo retenía fielmente en su memoria como en el mejor fichero. Se procuraba todas las novedades de librería. Sin olvidarse de las mejores ediciones o traducciones; y con ser tanto lo que leía, era muchísimo más lo que pensaba y meditaba.
Evitaba toda palabra y conversación inútil. A imitación de su padre Santo Domingo, no hablaba más que con Dios o de Dios. En el momento en que la conversación salía de esos temas, discreta y amablemente se retiraba. Su único recreo era pasear solo por el claustro o por la huerta del convento, derecho y con la cabeza levantada, elevados los ojos al cielo en profunda contemplación. Pero era al mismo tiempo sumamente afable y cortés en su trato; siempre sonriente y servicial para con todos.

Estaba adornado de las más excelsas virtudes. De una pureza angelical consigo mismo y con los demás —quoad se et quoad alios—, era sumamente recatado y recogido. Evitaba con sumo cuidado el trato y conversación con mujeres, y rarísima vez se lo veía fuera del convento. Bartolomé de Capua, que lo conoció durante largos años, no lo vio fuera del convento de Nápoles más que una sola vez, a la hora de vísperas, y otra vez en Capua; solamente la caridad o la obediencia le hacían dejar su amable retiro claustral.

Su sobriedad era extrema. No comía y bebía más que una sola vez al día —a mediodía—, y siempre en el refectorio común. No se preocupaba de lo que le ponían delante, y tenían que cuidar de que tomase algo, porque se distraía continuando las altas especulaciones de su celda. Fray Reginaldo de Priverno, su habitual y fiel compañero, tenía que hacer con él oficio de nodriza.
Fue muy amante de la pobreza. Cuando escribía la Suma contra Gentiles usaba unos cuadernillos de papel mediocre, aprovechándolos hasta la última línea y el último ángulo. Se contentaba con el hábito y el calzado más pobres. En su celda no se hallaba nada selecto superfluo ni selecto.

Su humildad fue verdaderamente extraordinaria. Jamás hablaba de sí mismo ni de la nobleza de su familia. Cuando se trató de hacerlo maestro y profesor de París, alegó humildemente su corta edad y sus pocas luces, siendo así que su talento y capacidad habían sobresalido sobre todos los demás durante su cargo de bachiller bíblico y sentenciario. En los ejercicios y disputas escolares, en que es tan fácil excederse, máxime en aquellos tiempos y en aquellas circunstancias críticas por que atravesaba la Universidad parisiense, jamás se le escapó un gesto arrogante ni una palabra despectiva o molesta para nadie, a pesar de habérsele molestado y atacado duramente en ciertas ocasiones, como en el altercado de Juan Peckham, o cuando los partidarios de Guillermo de Saint-Amour, capitaneados por el bedel de la facultad, irrumpieron en su clase vociferando como energúmenos y maltratando a sus estudiantes. Rehusó con energía y tenacidad toda clase de altos puestos y dignidades eclesiásticas, contento con ser siempre un pobre y humilde fraile, y despreciando todas las pompas y vanidades del mundo. Con ser un hombre tan célebre y admirado de muchos, jamás sintió el menor movimiento de vanidad ni de soberbia.
Grande fue también su paciencia en los trabajos y enfermedades. Nunca se quejaba de nada que le faltase ni de sus dolores. Los enfermeros estaban maravillados, sobre todo en su última, larga y penosa enfermedad. Lejos de quejarse o molestarles con impertinencias, les mostraba humildemente su profundo agradecimiento por los más pequeños servicios que le hacían. Y durante las luchas y reyertas de París, en que le atacaban a él por una y otra parte como a principal adversario, y a veces como si fuera un hereje, jamás salió de su boca la menor queja en público ni en privado. Era la misma calma y placidez en medio de la tormenta como lo fue literalmente durante una travesía por el golfo de Lyon.

Pero al mismo tiempo era intrépido y enérgico en defensa de la verdad, dando siempre la cara con ejemplar nobleza. Cuando los gerardinos, por un lado, y los averroístas, por otro, emplearon procedimientos demagógicos, llevando la discusión de difíciles y complejos teológicos y filosóficos ante el tribunal del pueblo ignorante o de petulantes jovenzuelos, Santo Tomás se encara con ellos, y los emplaza a discutir noblemente por escrito y ante los sabios, con armas legítimas y cara descubierta. Y ante la insolencia y arrogancia de ciertos teólogos que afirmaban a boca llena y sentenciaban quasi ex tripode que una creación ab eterno era intrínsecamente imposible, sin tolerar ni reconocer el menor derecho a la opinión contraria, el santo les advierte que el talento y la sabiduría no han comenzado ni terminado con ellos, sino que también otros son capaces de saber lo que traen entre manos.
La ejecución rápida, detallada, conforme a todas sus cláusulas y encomiendas, del testamento de su cuñado el conde Roger de Aquila, son una obra maestra de justicia; lo mismo que la respuesta pronta y equilibrada a la consulta del general Juan de Vercelli sobre ciento ocho proposiciones denunciadas de Pedro de Taransia.

Su prudencia era proverbial. Se le llamaba el prudentísimo fray Tomás, prudentissimus frater Thomas. La acreditó plenamente en las respuestas que daba a san Luis de Francia y las varias consultas que le hicieron los capítulos generales y el general Juan de Vercelli.
Para con los pobres y desvalidos tenía entrañas de madre. Los compadecía sinceramente y les ayudaba cuanto podía con limosnas y consejos.
A pesar de su continua abstracción y taciturnidad, era profundamente humano para con todos, especialmente para con sus hermanos y sobrinos, que tierna y sobrenaturalmente amaba. A su sobrina Francisca, condesa de Ceccano, le consiguió del rey Carlos I de Anjou un salvoconducto para que pudiera ir a tomar baños a Nápoles. Pero era un cariño viril y sin sensiblerías. Cuando ocurrió la muerte de su madre y de sus hermanos, nadie podía notar en su rostro y modo de conducirse la menor mudanza o conmoción: únicamente se limitaba a encomendarlos a Dios en sus oraciones y sacrificios, invitando a sus discípulos y hermanos en religión a que hiciesen otro tanto.

Su amistad era fiel, sincera, sacrificada, tierna. De ella dan testimonio el rector y los profesores de la Facultad de Artes de París en su célebre carta al capítulo general de Lyon. Y la que tuvo con su ayudante y compañero fray Reginaldo es de las más puras y conmovedoras que registra la historia. Sin quererlo, se viene a las mientes la que tuvo el divino Maestro con su discípulo amado.
Pero sobre todo era hombre de gran oración y contemplación. Los testigos del proceso de canonización repiten hasta la saciedad que fue «hombre de gran oración», «de gran contemplación y oración», «de gran contemplación», «de contemplación ejemplar», llamándole «hombre contemplativo y totalmente abstraído de las cosas terrestres hacia las celestes», «contemplativo de Dios..., desprendido de las cosas terrenas y atraído por las celestes o divinas, con los ojos casi continuamente elevados al cielo».
Era el primero en levantarse por la noche, e iba a postrarse ante el Santísimo Sacramento. Y cuando tocaban a maitines, antes de que formasen fila los religiosos para ir a coro, se volvía sigilosamente a su celda para que nadie lo notase. El Santísimo sacramento era su devoción favorita. Celebraba todos los días, a primera hora de la mañana, summo diluculo, luego oía otra misa o dos, a las que servía con frecuencia. El oficio que compuso para la festividad del Corpus Christi y el sermón que predicó ente el consistorio con motivo de su inauguración son de los más tierno, devoto y profundamente teológico que se conoce en la sagrada liturgia: quo devotius in Ecclesia Dei non dicitur nec cantatur.

El arte ha inmortalizado este aspecto de la vida de Santo Tomás. En el museo del Prado existe un cuadro de Rubens en el que se presenta una procesión del Santísimo Sacramento. Van delante San Gregorio Papa, San Agustín y San Ambrosio. Siguen detrás San Jerónimo y San Buenaventura. En el centro avanzan Santo Tomás y Santa Clara. Ella va a la derecha y lleva la custodia; él camina a su izquierda, explicando con rostro inflamado el gran misterio. Lleva un gran libro debajo de su brazo derecho y acciona con la mano izquierda. San Gregorio, San Agustín y San Ambrosio detienen su marcha para escucharle; San Jerónimo, meditabundo, consulta la Sagrada Escritura; y San Buenaventura eleva, extático, sus ojos al cielo.
Sobre la tumba del santo, en la iglesia de San Sernin, de Toulouse, se levanta una magnífica estatua suya. En la mano derecha tiene el Santísimo Sacramento; en la izquierda, una espada de fuego. Debajo está grabada esta inscripción: “Ex Evangelii solio Cherubinus Aquinas Vitalem ignito protegit ense cibum”.
Igualmente tenía una devoción tiernísima a la Santísima Virgen. En el autógrafo de la Suma contra Gentiles se encuentran las palabras Ave, María, diseminadas por los espacios marginales, como otras tantas jaculatorias que brotaban de su corazón. Y cuando quería probar una pluma, no se le ocurría otra cosa.

Estas dos devociones predilectas suyas a Jesús y a María han sido bellamente expresadas por Andrés Orcagna en un hermoso políptico que se conserva en la iglesia dominicana de Santa María Novella, de Florencia. La Virgen Santísima, con gesto maternal, presenta ante su divino Hijo a Santo Tomás, que, arrodillado, recibe del Redentor un libro abierto, en donde se lee: «Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos. Te di un corazón sabio e inteligente (Ap 5, 9; Re 3, 12)». Y al pie del cuadro, en una figura más pequeña se representa al santo arrobado en éxtasis celebrando la santa misa.
Se encomendaba también con frecuencia a los ángeles y a los santos. Todos los días, por muy ocupado que estuviese con sus lecciones o sus obras, leía un capítulo de las Colaciones, de Casiano, para mantener vivo en su corazón, como él decía, el fuego de la devoción y amor de Dios.

A todo esto se unía el don de lágrimas, que poseyó en grado eminente. Durante la misa, sobre todo al acercarse la comunión, sus ojos eran dos fuentes de lágrimas. Lo mismo ocurría cuando contemplaba la pasión y muerte de Jesucristo, que lo hacía con mucha frecuencia. Y al cantar en Completas, durante la Cuaresma, de 1273, la antífona No nos deseches en el tiempo de la vejez, cuando nos falte la fuerza no nos abandones, Señor, llamó la atención de los religiosos el mar de lágrimas en que estaba sumergido.
Y con ser tantas las virtudes que adornaban su alma desde su niñez, pues conservó intacta su inocencia bautismal, creció siempre sin interrupción en todas ellas hasta el fin de su vida. Como atestigua el dominico Conrado de Suessa, que lo conoció durante largos años en Nápoles, Roma y Orvieto, «progresaba siempre de bien en mejor, y crecía de virtud en virtud». Hermosa y exactamente dice el cardenal Pedro Roger, que después fue papa con el nombre de Clemente VI: «como resulta claro a quien contempla su vida, es como si todos sus miembros fuesen ejemplos de virtud: se leía su simplicidad en la vista; su benignidad en la cara; su humildad en el oído; su sobriedad en el gusto; en la lengua su verdad; en el olor su suavidad; en su tacto la integridad; en su andar la gravedad; en su gesto la honestidad; en su entendimiento la claridad; en su afecto la bondad; en su mente la santidad; en su corazón la caridad: en él la belleza de su cuerpo fue imagen de su mente y figura de su bondad».

Espíritu eminentemente contemplativo —miro modo contemplativus según frase de Tocco—, para él no había dualidad ni oposición entre la oración y el estudio, como no la había la acción y la contemplación: su estudio era oración, y su oración era estudio. Por eso estudiaba y oraba siempre, salvo un tiempo brevísimo que sacrificaba al sueño. Como dice bellamente A. Touron: «oraba como si nada tuviera que esperar de su trabajo, y trabajaba con la misma aplicación que si la oración no pudiera bastarle para llegar a la ciencia más perfecta». En los últimos años de su vida sobre todo, el estudio quedó absorbido por la oración, y ésta por su forma más alta y elevada, que es la pura contemplación. Sabiduría, caridad, paz: he ahí las tres notas dominantes y características de la vida espiritual de Santo Tomás, que monseñor Grabmann ha expuesto deliciosamente en su Das Seelenleben des hl. Thomas von Aquin. No faltaba más que quitar las amarras del cuerpo mortal para que su espíritu volase hasta la presencia inmediata de Dios, traduciendo la contemplación en visión facial y beatífica. Fue canonizado solemnemente en Aviñon por Juan XXII el 18 de julio de 1323.


Santiago M. Ramírez, O.P.,
Introducción a Tomás de Aquino, BAC, Madrid, 1975, pp. 74-88
*Reproducido del blog TOMISMO

viernes, 25 de febrero de 2011

"Semblanza espiritual" de Santiago Ramírez, O.P.

Mi primer contacto con el P. Ramírez fue en la clase. Escuché sus lecciones sobre la fe, la caridad, la prudencia.
Su clase era distinta. A primera hora de la mañana, nuestra mente fresca entraba con gozo en lo profundo y luminoso de sus
ideas. Ponía todo su fervor y su fuego en la cátedra como el predicador más enardecido lo podía hacer en el púlpito.
Con los alumnos amable y exigente. Sabía escuchar. Y sabía distinguir lo que era "disculpa de estudiante" y lo que era razonable y justo. Comprensivo con el de voluntad recta, intransigente con el haragán.
Una clase nos impresionó: "La prudencia gubernativa requiere dos virtudes complementarias: la magnanimidad y la magnificencia.
El magnánimo es un espíritu amplio, generoso. Mira de cara los problemas. Acomete su resolución, a pecho descubierto, y con energia indomable, mirando siempre al bien común.
No se deja arrastrar por el aplauso, ni por las intrigas.
Conduce la nave a su puerto con pu
lso firme, siempre sereno y dueño de sí mismo.
No es interesado, sino dadivoso,
no vengativo, clemente,
no envidioso, caritativo,
no hablador, mas bien taciturno y siempre afable;
no precipitado, calmoso y ordenador.
Y sobre todo -notadlo- es humilde. No se oponen magnanimidad y humildad. Antes, la humildad es la base.
El magnánimo ha de empezar por ser humilde. Lo primero vaciarse de sí mismo en todas las direcciones del ser. Sin dejar nada movedizo e inestable. "Magnus esse vis, a minimo incipe". S. Agustín.
A más humildad, más magnanimidad.
El magnánimo aspira a una humildad gigantesca. No se contenta con una humildad cualquiera.
La fortaleza -heroica- del magnánimo le viene de Dios.
Dios da su gracia a los humildes. A más humildad, más gracia de Dios. A más gracia de Dios, más energías sobrenaturales. A más energías mayor magnanimidad. Todo lo puedo en Aquel que me conforta".

Terminada la clase el comentario brotó espontáneo y unánime: Se ha retratado a sí mismo.

No podíamos calar entonces hasta qué punto la vida de este hombre era fruto natural de la humildad y la confianza en Dios.

Entonces sólo veíamos los efectos: Entregado a su trabajo en la celda día y noche. Impasible a los halagos y a los vaivenes de cada día. Apasionado en la búsqueda de la verdad. Exacto en la expresión. Sin permitirse jamás en la clase hablar de temas ajenos. Parecía vivir aparte. Y sin embargo siempre estaba dispuesto a escuchar, a dar la orientación y el consejo oportuno en orden intelectual y espiritual. Nunca olv
idé esta reflexión suya en una conversación particular. La profesión solemne es una entrega de toda la persona. Por tanto, también de la inteligencia. Estamos obligados a estudiar con todas nuestras fuerzas. Y a estudiar precisamente lo mandado por la obediencia, que expresa la voluntad de Dios.
Sin distraer nada para otras cosas, que no sean el servicio de Dios.

Ha sido en la última etapa de su vida, cuando Dios nos concedió conocer la riqueza de su vida interior. Antes, nunca hablaba de sí mismo. Ahora, esperando la muerte durante tres meses, movido por la gratitud hacia quienes le atendían, y sobre todo, impulsado por la gracia de Dios, dejó traslucir algo de la grandeza de su alma.

HOMBRE DE HUMILDAD PROFUNDA

A pesar de su talla intelectual se mantuvo siempre humilde. Evitaba con escrupulosidad todo lo que pudiera ser molesto a otros. Jamás se quejaba de nada ni de nadie. Siempre sencillo y servicial. Sumamente agradecido, aún al menor servicio.

La compañía de mis hermanos es un
o de los más grandes consuelos humanos. Toda la Comunidad me mima con inmerecida atención. Del superior al último hermano, y de modo especial el médico, Dr. Villalobos, todos, todos rebosan de caridad hacia mí. Nadie en el mundo está mejor atendido que yo.

Y cuando ya no podía valerse por sí mismo, y unos religiosos le atendían en todos los servicios, decía: Dios nos doma. Algunas veces uno cree que vale algo y Dios le humilla. Le pone en condiciones de conocer que todo es gracia y don suyo.


HOMBRE DE FE

Sólo viviendo en la fe se puede alcanzar la plenitud de la vida. Pobres los que no tienen fe. ¡Pobres! Hay que rezar por ellos. Y compadecerlos. Les falta la alegría. La fe es un anticipo del cielo.
Frente a las dudas. Frente a las crisis espirituales hay una palabra que trae la luz y la paz: Creo, creo, creo. Y lo repetía con una fuerza y una convicción que impresionaba.

Fe en las virtudes de la vida religiosa.

¡Qué vida más penosa la de aquellos que no encuentran a Dios en su camino! En la vida religiosa nos sentimos en las manos de Dios. Conserven siempre la presencia de Dios. Y para ello, silencio. Guarden el silencio en las horas y lugares establecidos. Sean exigentes con ustedes mismos. Hay tiempo de recreación, de descanso. Queda uno compensado.

Fe en la oración.

He aprendido más rezando que estudiando. Las dos cosas... pero más rezando que sudando.
Piedad sólida centrada en la Santa Misa y en el Breviario. A veces, arrastrándose materialmente, acudía a primera hora de la mañana al Oratorio de la enfermería para celebrar. Aceptó, no sin sacrificio, celebrar en su celda. Al sentirse mejor volvió otra vez a la capilla. Y sufrió mucho los primeros días en que ya le era imposible decir la Santa Misa. Entonces con devoción y lágrimas escuchaba la Misa radiada.
En los últimos meses ayudado de una lupa rezaba el Breviario. Al insistirle que no lo rezase, lloraba y suplicaba se le dejase rezar aunque fuera con esfuerzo, ¡le hacía tanto bien! Y se emocionaba evocando los comentarios de los SS. Padres al Evangelio y las vidas heroicas de los santos. Se encomendaba al santo de cada día y notó que le iba bien.
Devotísimo de S. Pío X: ¡Nunca vi un hombre como aquel!, de S. Juan Bosco, de S. Antonio M. Claret, del Cura de Ars, Beato Valentín Berrio-Ochoa, San Martín de Porres.
Antes del estudio -cada vez que se ponía a estudiar- invocaba a S. Agustín y a Santo Tomás. Y a diario tenía su memento para el P. Arintero y el P. Colunga.

Muchas veces estando con él rezábamos el Rosario. Permanecía -durante la última enfermedad- largos ratos con los ojos cerrados. Luego le preguntábamos si había dormido. Respondía con sencillez: No, he rezado el rosario. Es lo que puedo hacer: rezar y sufrir. Después de una noche de insomnio: No he dormido. Pero también así me encuentro bien. Una noche en vela no es nada. Lo que verdaderamente es terrible son los afanes del corazón. Antes estos tengo miedo, porque me dejan la impresión de estar aniquilado. Lo acepto todo, y si Dios quiere más, más. Tengo necesidad de reparar mis culpas. Y más sufren otros. Y más sufrió Jesucristo. Ahora comprendo mejor que nunca, que debemos sufrir en nuestra carne aquello que falta a la Pasión de Cristo. Dios me ayude.

Amaba tiernamente a Santo Domingo. Nuestro Padre, los santos de la Orden son ejemplares para nosotros. Tenemos que hacer vida en nosotros sus grandes virtudes: humildad, obediencia, pobreza, observancias religiosas. Cuando se ejercitan estas virtudes con amor una comunidad marcha.

Durante toda la vida encontraba su gozo en la vida conventual. Cuando estaba en el extranjero, venía a este convento todos los años a pasar por lo menos una semana. Qué fortuna transcurrir la vida en un convento entre las observancias, la Misa..., las completas. Vivía con emoción los oficios solemnes. A veces se le veía llorar. Comentaba: Ahora la Liturgia se encuentra en un grado de perfección muy alto. Cantan bien. Preparan bien las ceremonias. Da gusto. Liturgia de Adviento, de Cuaresma, ¡con ese deje de penitencia y añoranza de la vida eterna...!

Fe en los Superiores.

Siempre sinceramente respetuoso con el Superior. Si se le consultaba respondía con sencillez, aclarando, aconsejando, dando luz, jamas imponiendo. Mantener firme el criterio recto pero con caridad: firmiter in re, suaviter in modo. Comprensión inmensa para las debilidades. Sabía esperar y confiar en que la reflexión y el buen criterio renaciesen.
Si el Superior ordenaba algo, era el primero en obedecer, sin jamás quejarse o murmurar. Aunque su criterio fuese otro. No murmuren de los Superiores. Nos tienen que soportar a todos. Y tienen motivos que no conocemos para obrar. Y tienen la gracia de Dios. Dice S. Agustín: Tener al Superior más amor que temor.
No murmuren de nadie. Hacer la misericordia de rogar por los que lo necesiten. No olvidar que cada uno de nosotros necesitamos de esa compasión de los demás.

Fe en el ministerio de la clase.

Sus alumnos pueden dar testimonio de su dedicación total y entusiasta y sacrificada a la clase. Este es su pensamiento: La clase es una cátedra sagrada, como lo es el púlpito. El profesor, que no se imponga por el cargo, sino por su competencia, por su bondad. La cátedra es un apostolado. A la clase no lleven chismes ni cosas del mundo. Sólo el tema de la clase. Y prepararlas bien en el fondo y en la forma. Hay que renovarse continuamente. Que sean dignas, interesantes. Y sean exigentes intelectualmente. Y ejemplares en su vida.
Lo alumnos reflexionen: que están en tiempo de formarse. No lo saben todo. Respeten al profesor, que está sacrificando su vida por ellos. Sean respetuosos, agradecidos, dóciles. Virtud fundamental: la docilidad, no borreguil, sí consciente y operativa. Impetu dirigido, que no vaya cada cual según su antojo. Discretos y modestos..., sin pedantismo. Con la oración y el esfuerzo todo se consigue.

Fe en la Iglesia.

Amaba a la Iglesia. Por eso sufrió por la Iglesia. Pero nunca fue derrotista: Esta crisis pasará, como otras muchas, que han sucedido a través de la Historia. Después la Iglesia saldrá más purificada, más rejuvenecida y más vigorosa. Es necesario trabajar todos juntos. Todos unidos al Papa. ¡Qué Papas más santos hemos tenido los últimos tiempos! La única cosa que importa es darse, con confianza en Dios que siempre triunfa.

Fe en la Orden.

No fue el P. Ramírez hombre que vino a vivir de la Orden sino para la Orden. Lo entregó todo en una generosidad y fidelidad sin tacha. Y tenía fe en la vocación sobrenatural de la Orden. La crisis actual afectará a todo. Pero hay motivos muy grandes para confiar. La Orden tiene una doctrina y una tradición muy sólidas. Y entre nosotros hay caridad. Lo estoy palpando a diario. Estos jóvenes que me atienden son impetuosos, como todos los jóvenes, ...les puede faltar la prudencia, pero tienen un criterio muy sano y mucha caridad. Hay que ser comprensivo con ellos y a la vez cultivar más y más el espíritu sobrenatural. Exigencia en la formación. Prepararlos a fondo en sentido cristiano y dominicano para trabajar indefectiblemente, incansablemente, donde lo disponga la obediencia, y lo exija el bien de las almas. Ser santamente optimista. Esta juventud tiene materia para responder plenamente a su vocación.


CONFIANZA EN LA MISERICORDIA DE DIOS

Su última lección fue de esperanza. Varias veces en nuestras conversaciones había surgido el tema. Siempre tenía la palabra oportuna, la frase exacta que aclaraba un problema, y siempre, la emoción que certificaba su gozo. Su libro De la Esperanza no es sólo ciencia, es un exponente de su vida.
"La esperanza dilata el corazón. QUASI TRISTES, SEMPER AUTEM GAUDENTES".
Dice S. Agustín "quasi..." como en un sueño.
La realidad es otra... gaudentes.
Un poco de tristeza es necesario tener en este destierro. Es propio del desterrado tener añoranza de la patria. Pero es una añoranza que no agobia. Te
nemos la certeza de llegar. Se debe a que "se dilata" el tiempo de abrazar al Señor.
Gaudentes: Alegres, en la realidad, porque la esperanza da certeza absoluta, apoyada en la ayuda de Dios, que no falla. Da inclinación, como una flecha que marcha al cielo... Sin arredrarse ante ningún peligro, ni retroceder ante ningún obstáculo.
Es virtud de viadores. Es la vida de la vida presente.
Es propia de los jóvenes. Y todos tenemos que ser jóvenes en el Señor. Vigorosos, llenos de vida...
¡Es triste haber ofendido a Dios! ¡Tanta bondad por un lado, tanta maldad por otro!...
Todas las virtudes teologales son grandes. La esperanza, ¡oh, la esperanza!
Y terminó, llorando de emoción:

"Yo espero salvarme.
Espero ir a la vida eterna.
Espero en la misericordia de Dios".

Luego añadió: La Virgen, ¡qué madre tenemos..., qué madre!
Y se refugió en el rezo de los misterios gloriosos del Rosario en la gozosa certeza de que muy pronto serían plenamente la vida de su vida.


Fr. Andrés Hernández, O. P.
Prior de San Esteban

(En Santiago Ramírez, O. P., In memoriam. Convento de S. Esteban. Salamanca. 1968)

lunes, 31 de enero de 2011

Fray Zeferino González y la filosofía de santo Tomás

Hace un tiempo publicábamos un texto de Alejandro Pidal y Mon sobre la doctrina científica de santo Tomás, una figura de gran importancia en el tomismo español contemporáneo. Hoy nos remontamos al Cardenal Zeferino González O. P. (1831-1895), su maestro y el de tantos otros, pues fue el impulsor de un gran movimiento tomista a nivel mundial, influyendo decisivamente en el documento pontificio de León XIII (Aeterni Patris) destinado a reavivar el pensamiento de santo Tomás del olvido y la incomprensión en que había caído durante el s. XVIII. Quince años antes de dicha encíclica papal, Zeferino González publicaba sus Estudios sobre la filosofía de santo Tomás (1864), por la cual se le puede considerar el primer tomista español contemporáneo, pues aunque se considera discípulo de Balmes, a quien dice incluso deber su vocación filosófica, la doctrina de este predecesor suyo era un mero espiritualismo ecléctico con ciertas influencias del santo Doctor, al que no obstante estudió a fondo en el seminario.

En los Estudios sobre la filosofía de santo Tomás, Zeferino González se propone exponer de una manera más o menos general el pensamiento del Doctor angélico, demostrando que no es una mera copia de Aristóteles sin mérito alguno, como comúnmente piensan muchos que no conocen su obra, así como probar su vigencia para los tiempos modernos, gracias a sus fundamentos eternos. Aunque algunos lo hayan considerado “rancio” e “integrista”, tenía razón Ortí y Lara en su crítica a Zeferino González por haber sido en ocasiones excesivamente condescendiente con algunas filosofías modernas; entre sus afirmaciones exageradas, estuvo decir que Fénelon, Bossuet o Leibniz fueron representantes de la vigencia del pensamiento de santo Tomás en su época.

Sin embargo, sí fue certera su crítica a los dos extremos vicioso de la filosofía de su tiempo, en la que pone hincapié en su obra sobre santo Tomás, de la que está extraído el texto de más abajo. Esos dos extremos opuestos eran el racionalismo y el tradicionalismo. Antes de leer el texto, conviene especialmente aclarar el segundo término. Tradicionalismo no tiene aquí un significado político referido a los movimientos contrarrevolucionarios, en oposición a la Revolución Francesa, y menos aún se refiere al calificativo innecesario que los católicos fieles a la fe de siempre hemos adoptado generalmente después del Concilio Vaticano II, en contraposición al “catolicismo” modernista imperante. Tradicionalismo, tal como lo usa Zeferino González, se refiere a una tendencia filosófica que trata de desautorizar completamente la razón humana independientemente de la fe revelada, con lo cual, por sí misma estaría siempre condenada a fracasar, cegada también para las verdades naturales que no atañen a la fe. Por este motivo, y especialmente en español, a esta tendencia se la ha llamado más propiamente revelacionismo, cuyos exponentes principales han sido Bonald y Maistre, a cuyas posturas se acercó peligrosamente en España Donoso Cortés, aunque Menéndez Pelayo lo atribuyó más a sus exageraciones retóricas que a una idea que realmente sostuviese conscientemente. Esta tendencia, es por tanto, lo contrario del racionalismo, que afirma la omnipotencia de la razón humana, la cual no tendría ninguna necesidad de la fe y sería capaz de desvelar absolutamente todos los misterios del universo de manera progresiva. Como dijimos, ambos extremos son viciosos y falsos, y la filosofía de santo Tomás de Aquino es un modelo ejemplar donde se rechazan tanto uno como otro, guardando un perfecto equilibrio entre fe y razón y delimitando con claridad los objetos que le son propios a cada una; es por ello Zeferino González acude a él siglos después, cuando la filosofía naufraga en esa confusión, que por otra parte, no es nueva.


"Después de haber reinado en las universidades de la Europa cristiana con gloria creciente de día en día; después de haber producido discípulos como Durando, el agustiniano Egidio Romano, Brawardin, Dante y Savonarola; después de haber adquirido inmortal renombre al hablar por boca de Torquemada y del cardenal Ragusa en los concilios de Basilea y Constanza, de Juan de Montenegro en el concilio de Florencia, y del cardenal Cayetano en Roma; santo Tomás aparece en el siglo XVI rodeado de nuevo de inmenso brillo al lado de la Iglesia católica.

Sabido es de todos el triunfo alcanzado por la Iglesia en el siglo XVI y su gloriosa regeneración. Desfigurada en parte y envilecida por las tristes y lamentables consecuencias del gran cisma de Occidente, minada sordamente por las pretensiones exageradas del Renacimiento, atacada de frente por el Protestantismo, la Iglesia católica hizo un esfuerzo vigoroso y supremo, concentró sus fuerzas para dar calor y vida a las semillas de reforma que habían sido depositadas en su seno y venían desarrollándose lentamente desde mediados del siglo anterior, y salio del concilio de Trento purificada y radiante de gloria y de esplendor. Pues bien; al lado y a la sombra de la Iglesia católica y radiante de gloria y de esplendor como ella, se presenta también en aquel siglo el nombre de santo Tomás. Lejos de palidecer el brillo de su nombre en aquel gran movimiento religioso, moral y científico que se realizó entonces, despide por el contrario más vivos fulgores: el gran siglo de la Iglesia y de la restauración de las ciencias eclesiásticas, es también el gran siglo de santo Tomás. Basta recordar los nombres de Vitoria y Melchor Cano reformando y dando acertada dirección a los estudios teológicos en España; basta recordar los nombres de aquellos grandes teólogos y canonistas españoles, que tan brillante papel hicieron en Trento y en la Europa toda, Domingo Soto, Lainez, Salmeron, Pedro Soto, Antonio Agustin, Covarrubias, Carranza y Arias Montano salidos en su mayor parte de la escuela de santo Tomás e inspirados todos en sus doctrinas; basta en fin recordar que el concilio de Trento, una de las asambleas mas augustas que jamás vieran los siglos, y en que se reunieron, por decirlo así, todas las eminencias de la ciencia y de la virtud de todas las naciones cristianas, colocó la Suma Teológica de santo Tomás al lado de la Biblia, para que sirviera como de base y norma en sus discusiones y decretos. Este es sin duda alguna el mayor honor que se ha dispensado y que puede dispensarse a un libro escrito por la mano del hombre. Este suceso trae involuntariamente a la memoria la bella expresión del P. Raulica cuando dice, que la “Suma es el libro más sorprendente, más profundo, más maravilloso que ha salido de la mano del hombre; porque la santa Escritura ha salido de la mano de Dios”.

A pesar de las tendencias racionalistas impresas a la filosofía por el protestantismo y después por el movimiento cartesiano, el nombre de santo Tomás brilla todavía en el mundo literario y científico y recibe los homenajes de los sabios durante el siglo XVII y parte del XVIII. Y no es solo en el campo de las ciencias eclesiásticas donde tiene lugar esto; observase lo mismo en las filosóficas, porque Fenelon, Bossuet y Leibnitz, los tres mas grandes filósofos de esta época, aunque parecen cartesianos a primera vista por parte del método y formas de exposición, son en realidad discípulos de santo Tomás en cuanto a la doctrina: los escritos filosóficos de los dos últimos especialmente, no son otra cosa en el fondo que la filosofía de santo Tomás.

Solo en el siglo XVIII; solo en el siglo de la impiedad, del sensualismo especulativo y práctico, y de los ataques contra la Iglesia de Cristo; solo en el siglo de Voltaire y de los enciclopedistas, es cuando se obscurece el brillo de su gloria. Pero apenas la escuela escocesa comienza el movimiento de reacción contra la filosofía de Locke y Condillac; apenas la filosofía espiritualista y cristiana comienza a recobrar sus derechos, cuando comienza a rehabilitarse también el nombre de santo Tomás. A medida que el espíritu humano avanza en este movimiento, crece en proporción el prestigio de su nombre.

Hoy que han visto la luz pública tantas publicaciones de indisputable mérito, relativas a la edad media; hoy que vemos publicarse en Francia, Alemania e Italia multitud de trabajos concienzudos sobre diversas fases e instituciones de aquel periodo, y especialmente sobre sus monumentos científicos y literarios, vemos a todos los sabios de alguna nota así de la Iglesia como de fuera de ella, rendir homenaje a porfía al genio de santo Tomás. ¿Quién ignora los brillantes y repetidos elogios, que le han tributado todos los grandes escritores católicos de nuestro siglo? Rosmini, Gioberti, Raulica, Alzog, Balmes, Donoso Cortés, Augusto Nicolás, Montalembert, Ozanan, Maret y el mismo Cousin a pesar de sus tendencias heterodoxas y sus doctrinas panteístas, todos a porfía han prodigado elogios a su saber y grandes trabajos científicos, reconociendo especialmente en él, uno de los mas grandes filósofos, que han honrado la humanidad.

De aquí es que vemos a la filosofía de santo Tomaas ejercer marcada influencia en las obras de los citados escritores, y con especialidad de aquellos, que se han ocupado mas de filosofía. Gioberti, Maret y aun Mr. Cousin traen con frecuencia a la memoria sus doctrinas filosóficas; pero sobre todo los escritos filosóficos de Rosmini, de Balmes y de Raulica no son otra cosa en el fondo que la filosofía de santo Tomás.

Preciso es confesar sin embargo, que la inmensa mayoría de los hombres de letras, y el vulgo por decirlo así de los escritores, (porque también las letras y las ciencias tienen su vulgo) no se hallan en estado de juzgar por si mismos con acierto esta filosofía, debiendo sin duda achacarse a esto el que no falten escritores superficiales a quienes vemos hablar todavía de la edad media, de la Escolástica y de la filosofía de santo Tomás, como pudieran hacerlo los enciclopedistas del siglo pasado. Esto no es extraño: aparte de la dificultad que ofrece para muchos la lengua latina en que se hallan escritas las obras del santo Doctor, lengua cuya ignorancia se va generalizando de día en día bajo el pretexto especioso de su inutilidad, que no es mas que un paliativo de la pereza y aborrecimiento al trabajo; aparte también de la dificultad que ofrece para muchos la terminología propia de aquella época, no todos se sienten inclinados a los estudios serios de la alta filosofía, ni disponen del tiempo necesario, ni se hallan adornados del talento y cualidades conducentes a este efecto. Añádese a esto, que las doctrinas filosóficas de santo Tomás no se hallan reunidas en un cuerpo de doctrina o curso regular y seguido: es preciso entresacarlas de sus numerosas obras, y por consiguiente consultar muchos volúmenes, reunir y clasificar sus pasajes, comparar en fin sus ideas y pensamientos, para poder formar juicio exacto y cabal sobre el verdadero espíritu de su filosofía.

Estas reflexiones por una parte, y por otra el haber notado con demasiada frecuencia, que no sólo escritores medianos, sino también algunos de los más notables de nuestro siglo han incurrido en muy graves inexactitudes al exponer y juzgar algunos puntos de la filosofía de santo Tomás, y puntos de inmensa trascendencia, es lo que ha hecho surgir en nosotros el pensamiento de escribir esta obra. Exponer el espíritu y las tendencias generales de la filosofía del santo Doctor; dar a conocer la verdad y la elevación de sus ideas en la solución de todos los grandes problemas de la ciencia; comparar esta solución con la solución dada por la filosofía racionalista y anticristiana, y sobre todo y con particularidad, fijar y comprobar el verdadero sentido de sus doctrinas; tal es el pensamiento dominante y el objeto que nos hemos propuesto al escribir estos Estudios sobre la Filosofía de santo Tomás.

No se crea sin embargo que vamos a escribir un curso completo y regular de filosofía; tratamos de exponer solamente el pensamiento del santo Doctor sobre las cuestiones fundamentales y más importantes de la alta filosofía, sin descender a cuestiones de menor importancia y secundarias, por decirlo así, las cuales si bien se hallan también tratadas en los escritos del santo Doctor, las consideramos como fuera del objeto de esta obra y más propias para un curso elemental. Aún respecto de estas cuestiones fundamentales, prescindimos de aquellas que se refieren a aquellas partes de la filosofía cuya perfección y superioridad en santo Tomás se hallan universalmente reconocidas. Por eso decimos pocas palabras sobre la moral y política, y omitimos por completo la teodicea. Nadie pone en duda la superioridad del santo Doctor en cuanto a las ciencias morales, y por lo que hace a la teodicea, además de ser generalmente conocidas sus ideas, es fácil a cualquiera conocerlas por sí mismo, consultando las primeras cuestiones de la Suma Teológica, y el primer libro de la Suma contra los Gentiles. Así es que hemos limitado nuestro trabajo a la ontología, la cosmología, la psicología y la ideología, que son las partes más importantes, y al propio tiempo, las menos conocidas de la filosofía de santo Tomás; contentándonos por lo que respecta a la moral y política, con tratar y examinar solamente aquellos puntos de su doctrina, que o son poco conocidos, o no han sido juzgados y apreciados con exactitud y verdad por los que de ellos se han ocupado.

Los que conocen la historia de la filosofía, saben bien que en oposición a las tendencias racionalistas, que la invadieran y aun hoy la dominan en gran parte, se ha declarado entre algunos filósofos católicos de nuestro siglo un movimiento diametralmente contrario. En frente, o mejor dicho, en el extremo opuesto a la escuela racionalista, que afirma que la razón sola se basta completamente a sí misma, que lo puede conocer todo y dar satisfactoria solución a todos los grandes problemas de la ciencia, sin contar para nada con la tradición y con la idea religiosa; que afirma en una palabra, que la religión con sus dogmas incomprensibles y superiores al hombre debe abandonarse a los espíritus crédulos, pero que nada de significar en un siglo de ilustración para los espíritus elevados y que saben pensar y reflexionar; hemos visto alzarse en nuestros días una escuela que, a no haber cejado en sus exageradas pretensiones, se hubiera convertido en un peligro permanente para la Iglesia y para la razón humana. Tal es la escuela tradicionalista sostenida por Beautain, Bonald, Maistre y otros escritores bastante notables que, a fuerza de exagerar la necesidad del elemento religioso y tradicional en la filosofía, tienden a la negación de toda verdadera ciencia, y que no contentos con subordinar la razón a la fe, pretenden negar la existencia y hasta la posibilidad de la evidencia natural, llegando en último resultado a la negación de la filosofía y al aniquilamiento de la razón humana.

Pues bien; aunque según queda indicado, el objeto principal y preferente de esta obra, es exponer, fijar y comprobar el pensamiento filosófico de santo Tomás y el verdadero sentido de sus doctrinas; el lector encontrará también en ella la refutación de estas dos escuelas; porque toda la filosofía del santo Doctor puede mirarse como la demostración práctica de esta gran verdad que jamás debiera olvidar el espíritu humano, a saber; que el elemento religioso eleva y perfecciona la ciencia, y que esta no puede desenvolverse ni progresar con seguridad sino a la sombra de la fe como expresión de la razón divina; pero que a su vez la razón humana, débil e imperfecta como es con relación a la razón divina, tiene, sin embargo, sus derechos y su dominio especial, puede constituir la ciencia de una manera más o menos completa, y sobre todo puede llegar por sí sola al conocimiento y posesión de no pocas verdades naturales: en una palabra; la filosofía de santo Tomás es la alianza de la filosofía y de la religión: en ella la razón marcha al lado de la fe; pero sin ser sacrificada ni destruida por ella."


(Fragmento de la Introducción a los Estudios sobre la filosofía de santo Tomás, por el M. R. P. Fr. Zeferino González, del sagrado orden de predicadores, catedrático de sagrada teología en la Real y Pontificia Universidad de Manila. Tomo I. Manila, 1864.)

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Meditaciones de Santo Tomás de Aquino para el tiempo de Navidad



23 de diciembre

CUATRO UTILIDADES DE LA ENCARNACIÓN

Las utilidades de la Encarnación del Señor son cuatro.
1ª) Exaltación de la naturaleza humana. ¿Quién me dará, se lee en el Cantar de los Cantares, que te halle fuera? (VIII, 1.) La Glosa comenta así: dentro estaba el amado, cuando en el principio era el Verbo; fuera, cuando el Verbo se hizo carne. Para que te bese, es decir, para que te vea cara a cara, y te hable de boca a boca; y ya nadie me desprecie, la Glosa añade: después que vino Cristo infundiendo a los suyos el espíritu de libertad; entonces la Iglesia es honrada por los Ángeles. Por lo cual dijo el ángel a Juan que quería adorarlo: Guárdate, no lo hagas, porque yo siervo soy contigo (Apoc., XXII, 9). Y el Papa San León dice: Reconoce, oh cristiano, tu dignidad, y hecho partícipe de la naturaleza divina, no vuelvas a la antigua vileza con una vida degenerada.
2ª) Adopción de los hijos. Envió Dios a su Hijo para que recibiésemos la adopción de hijos (Gal., IV, 4, 5.) San Agustín dice: "El Hijo de Dios se hizo hijo del hombre para hacer a los hombres hijos de Dios." Y en otro lugar: "El hijo único hizo muchos hijos de Dios. Pues compró para sí a los hermanos con su propia sangre; reprobado, rehabilitó; vendido, redimió; injuriado, honró; ajusticiado, vivificó; sin duda alguna te dará sus bins el que no desdeñó recibir de ti males."
Debe advertirse que la filiación adoptiva es una especie de semejanza de la filiación natural. El Hijo de Dios procede naturalmente del Padre como Verbo intelectual, siendo uno con el Padre.
Ahora bien, la criatura es asimilada al Verbo eterno según la unidad que él tiene con el Padre, la cual se verifica por la gracia y la caridad. Por lo cual el Señor pide al Padre: Ruego que también sean ellos una cosa en nosotros, así como tú, Padre, en mí, y yo en tí (Joan., XVII, 21). Esta semejanza perfecciona la adopción porque de ese modo se debe la herencia a los asimilados.
3ª) Refección interna al alma. Dice San Agustín: "Para que el hombre comiese el pan de los Ángeles, se hizo hombre el creador de los Ángeles." Y San Bernardo: "El maná descendió del cielo, alégrense los hambrientos." Sobre las palabras del Evangelio: Echado en un pesebre (Luc., II, 12) dice la Glosa: para saciarnos con el trigo de su carne.
4ª) Acrecentamiento de la bienaventuranza. Quien por mí entrare, será salvo; y entrará, y saldrá, y hallará pastos (Joan., X, 9). Y San Agustín añade: "Dios se hizo hombre, para hacer bienaventurado al hombre, para que el hombre se entregase totalmente a Él, para que el hombre le diése todo su amor, y al verle en carne con los sentidos corporales, los sentidos del alma le vieran por la contemplación de la divinidad. Y aquí está todo el bien del hombre, ya entre, ya salga (que nazca o muera), encontrará pastos en su Creador; fuera, en la carne del Salvador; dentro, en la divinidad del Creador."

(De humanitate Christi.)


24 de diciembre

LA ENCARNACIÓN ES UN AUXILIO PARA EL HOMBRE QUE TIENDE A LA BIENAVENTURANZA

Si alguien considera diligente y piadosamente los misterios de la Encarnación, encontrará tanta profundidad de sabiduría, que sobrepasa todo conocimiento humano. Y ocurre que cuanto más medita en ellos con piedad, más razones admirables se descubren en este misterio.
Consideremos, pues, cómo la Encarnación de Dios es un auxilio eficacísimo para el hombre que tiende a la bienaventuranza.
1º) La perfecta bienaventuranza del hombre consiste en la visión inmediata de Dios. Pero esta visión podía parecer imposible a causa de la infinita distancia de las naturalezas. Mas por el hecho de que Dios ha querido unir a sí mismo la naturaleza humana, se demuestra evidentísimamente a los hombres que el hombre puede unirse a Dios por su inteligencia en una visión inmediata. Fue por lo tanto muy conveniente que Dios tomase la naturaleza humana para acrecentar la esperanza del hombre en la bienaventuranza. Por ello, después de la Encarnación, comenzaron los hombres a aspirar más intensamente a la bienaventuranza. Con razón se lee en San Juan: Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en más abundancia (Joan., X, 10.)
2º) Como la perfecta bienaventuranza consiste en un conocimiento tal de Dios que excede la capacidad de todo entendimiento creado, fue necesario que existiese en el hombre cierta anticipación de aquel conocimiento bienaventurado, lo cual tiene lugar ciertamente por la fe; mas es necesario que sea ciertísimo el conocimiento por el cual el hombre se dirige al último fin, porque es principio de todas las cosas que a ese último fin se enderezan.
Fue por consiguiente necesario que el hombre, para conseguir la certeza de la verdad de la fe, fuese instruído por el mismo Dios hecho hombre, a fin de que percibiese a la manera humana la instrucción divina. Y así vemos, después de la Encarnación de Cristo, que los hombres se instruyen con más claridad y certeza en el conocimiento divino, conforme a aquello de la Escritura: La tierra está llena de la ciencia del Señor. (Is., XI, 9.)
3º) Supuesto que la perfecta bienaventuranza consiste en el goce de Dios, fue necesario que el afecto del hombre se dispusiese al deseo de ese goce divino; así como vemos que en el hombre reside el deseo natural de la felicidad, y que el deseo del goce de alguna cosa es producido por el amor a dicha cosa, del mismo modo fue necesario llevar hacia el amor divino al hombre que se dirige a la bienaventuranza perfecta. Nada nos lleva tan intensamente a amar a alguno como la experiencia del amor que aquél nos profesa. Mas el amor de Dios al hombre no pudo mostrarse de modo más eficaz que habiendo querido unirse en persona al hombre. Porque es propio del amor unir al amante con el amado, en cuanto es posible. Fue por consiguiente necesario, al hombre que se dirige la bienaventuranza perfecta, que Dios se hiciese hombre.
Además, como la amistad consiste en cierta igualdad, no parece que puedan unirse en amistad seres que son muy desiguales. Pero para que fuese más familiar la amistad entre el hombre y Dios, fue conveniente que Dios se hiciese hombre, porque también el hombre es naturalmente amigo del hombre; y así, conociendo visiblemente a Dios, somos arrastrados al amor de lo invisible.
4º) Es evidente que la bienaventuranza es premio de la virtud; luego es conveniente se dispongan con las virtudes los que se dirigen a la bienaventuranza. A la virtud se nos incita con las palabras y los ejemplos; los ejemplos y las palabras de alguno tanto más eficazmente llevan a la virtud, cuanto se tiene una opinión más firme de la bondad de él; pero de la bondad de ningún puro hombre puede tenerse una opinión infalible, pues sabemos que aun varones santísimos han faltado en algunas cosas.
Luego fue necesario al hombre, para confirmarse en la virtud, que recibiese del Dios humanizado doctrina y ejemplos de virtud.

(Contra Gentiles, lib. 4, cap. 54.)


25 de diciembre

BENIGNIDAD Y UTILIDAD DE CRISTO AL NACER

I. Apareció la bondad del Salvador nuestro Dios, y su amor para con los hombres. (Tit., III, 4.)
Debe advertirse que Cristo nos mostró su benignidad por la comunicación de su divinidad, y su misericordia, tomando nuestra humanidad.
1º) Apareció la bondad. Comentando estas palabras, dice San Bernardo: "Apareció el poder de Dios en la creación de las cosas, su sabiduría en el gobierno de las mismas, pero su bondad se manifiesta principalmente en la humanidad. Porque es una gran prueba de bondad añadir a la humanidad el nombre de Dios."
2º) No por obras de justicia hubiésemos hecho nosotros, mas según su misericordia (Tit., III, 5). Por lo cual dice San Bernardo: "¿Qué prueba más clara de su misericordia que haber tomado la misma miseria? ¿Qué prueba más llena de piedad, que haberse hecho heno por nosotros el Verbo de Dios?" Por eso canta la Iglesia: Cristo redentor de todos, Hijo único del Padre.

II. De la utilidad de Cristo se dice en Isaías (IX, 6): Ha nacido un niño para nosotros, esto es, para utilidad nuestra. Cuatro son las utilidades del nacimiento de Cristo que podemos considerar en las cuatro cualidades de los niños: pureza, humidad, amabilidad y mansedumbre, la cuales se dan de modo excelentísimo en Jesús niño.
1º) Encontramos en él suma pureza, porque es candor de la luz eterna y espejo sin mancilla (Sap., VII, 26.)
Esa pureza se manifiesta en la concepción y en el parto virginal. Pues la incorrupción no pudo engendrar a la corrupción. Por lo cual dice Alcuino: "El creador de los hombres, para hacerse hombre y nacer del hombre, debió elegir una madre tal que supiera convenirle y serle agradable. Quiso, pues, que fuese virgen, para nacer sin mancha de una madre inmaculada y purificar la mancha de todos."
2º) Encontramos también en este niño suma humildad: Se anonadó a sí mismo (Phil., II, 7). Esta humildad, como dice San Bernardo, aparece en el establo, en los pañales que le envuelven y en el pesebre donde descansa.
3º) Hallámos en el niño la soberana amabilidad, porque es más hermoso que los hijos de los hombres, y aún que las milicias angélicas. Esta amabilidad es resultado de la unión de la divinidad con la humanidad. Por lo cual dice San Bernardo: "Es un espectáculo lleno de suavidad contemplar al hombre creador del hombre."
4º) Finalmente vemos en este niño la suprema mansedumbre, porque: es benigno y clemente, paciente y de mucha misericordia, y que se deja doblar sobre el mal (Joel., II, 13). Y San Bernardo dice: "Cristo es párvulo, y puede ser aplacado suavemente. ¿Quién ignora que el niño perdona fácilmente? Y si no tenemos pecado grave, podemos ser reconciliados con poco. He dicho con poco, pero no sin penitencia." Y así como se manifestó su bondad sobre toda esperanza, así podemos esperar también, más de lo que pensamos, parecida benevolencia de juicio.

(De Humanitate Christi.)


jueves, 9 de diciembre de 2010

Reflexiones sobre la filosofía española, por Vicente Marrero

El fragmento que reproduzco a continuación pertenece a una especie de interludio de una obra dedicada al gran tomista Santiago Ramírez O. P., en donde se dan algunas notas claves sobre la filosofía española en general y algunos de sus representantes, sobre todo de tiempos recientes. El autor es Vicente Marrero (1922-2000), escritor de tendencia tradicionalista, nacido en Gran Canaria, director de la revista Punta Europa y también autor de obras como Picasso y el toro, El Cristo de Unamuno, Ortega, filósofo "mondain", El padre Arintero y Ramiro de Maeztu.
Dicho fragmento pone de manifiesto la pervivencia de la polémica sobre la filosofía española, que se remonta a finales del siglo XVIII, en la cual defendieron nuestra ciencia autores como Juan Pablo Forner, Gumersindo Laverde y especialmente Menéndez Pelayo. Fue el prejuicio ilustrado el que hizo pensar a muchos en la inferioridad de nuestra filosofía, precisamente por su desprecio a la escolástica, que consideraron a priori como carente de valor. De esa manera, despreciando lo esencial del pensamiento español, lo que les quedaba no era sino algo insignificante, de lo cual deducían que España había carecido de verdaderos filósofos. Por supuesto, usando en su crítica un falso rasero de filosofía. Ciertamente, no ha habido en España un Kant, un Descartes, un Hegel o un Hume, pero eso no quiere decir que no haya habido verdadera filosofía, sino incluso más bien lo contrario. Ese carácter escolástico es el que ha dado a España las mayores glorias del pensamiento, con abundantes frutos y proyección en todos los saberes; una filosofía apegada a la realidad y con el mayor rigor sin caer en bizantinismos. Existe filosofía española, y de la mejor, pese a que los prejuicios de la Ilustración, originados por el protestantismo y perpetuados por el liberalismo moderno hayan querido ignorarlos. Como pequeña muestra de su carácter y su relevancia, vaya este fragmento de muestra.



"Sostiene
D. Adolfo Bonilla y San Martín, discípulo de Menéndez Pelayo, que "la única nota saliente que puede señalarse como distintiva de la dirección filosófica española es el realismo". Acepta esta tesis Martin Grabmann en su trabajo sobre El carácter y la importancia de la filosofía española a la luz de su desarrollo histórico. Tras una visión panorámica de nuestra filosofía, concluye:

"Esta visión sintética a través de la evolución histórica de la filosofía española confirma la tesis de A. Bonilla y San Martín de que la característica de esta filosofía es el realismo. Lo que se patentiza en el hecho de que la escolástica verdaderamente sana, y no la escolástica que se pierde en sutilezas, ha alcanzado en España, a través de los siglos, un puesto preponderante, y se ha puesto en contacto muy íntimo con la Literatura y el Arte. Como la escolástica medieval de San Alberto Magno y de Santo Tomás de Aquino llegó a obtener en el poema de Dante su expresión y forma poética, así también Calderón de la Barca es el mejor literato y poeta inmortal de la escolástica española en los tiempos del barroco. Precisamente en la escolástica española medieval y moderna tiene expresión clara la independencia y originalidad de la filosofía española, así como su carácter tradicional. Propiamente en España sólo la escolástica ha echado raíces firmes y hondas, mientras que otros sistemas filosóficos venidos de fuera --recuérdese simplemente el krausismo del siglo XIX-- se han extinguido".

En España nunca ha prosperado una corriente filosófica idealista. Cualquier otra caracterización filosófica al margen de lo que la escolástica significa para nosotros supone, la mayoría de las veces, un desenfoque de su verdadero espíritu.
En figuras, inclusive, que no tienen nada de escolásticas; es más, que son refractarias a este tipo de formación, se advierte una actitud que resulta difícil de explicar en otras latitudes. ¿Qué le hacía decir, por ejemplo, a Valera?:

"Soy harto inhábil para crearme un sistema; harto descreído y soberbio para adoptar el de otro; y tengo sobra de buena fe, si es que la buena puede ser nunca sobrada, para fingir un sistema del que no tenga entera certidumbre".

¿Qué secreta veta impulsaba a Clarín, nada sospechoso por sus vinculaciones ideológicas, a satirizar del modo que lo hizo en muchos de sus cuentos, entre otros en su célebre Zurita, cuando, después de investigar la Esencia del ser en uno mismo y concluir que no hay más que hechos, una vez consumida su juventud tras un vacío fantasma y de convertirse en un ser estrafalario, encuentra su único consuelo en haber terminado haciéndose famoso en toda la comarca por su manera magistral de guisar el pescado, lo que no deja de ser a sus ojos una norma de ética krausista...? Estos casos, por supuesto, no puden generalizarse. Pero son sintomáticos de algo que se halla muy dentro del alma española, independientemente de lo que nuestros "progresistas" denuncian como endeble actitud ante el Progreso. Algo que constantemente nos está diciendo, con soberana sensatez, que el mundo es mucho más misterioso de lo que puede parecer a ciertos boticarios. Ese algo no acertamos a explicárnoslo al margen de lo que explícita o implícitamente ha significado entre nosotros una muy arraigada y, las más de las veces, soterraña formación tan escolástica como realista, muy distinta de la caricatura con que, con tanta ignorancia como torcida intención, algunos la han querido ridiculizar.
No queremos decir con ello que en España constituya una mayoría consciente y aplastante los partidarios del Filósofo Rancio [P. Francisco Alvarado], uno de los primeros en plantar cara a las extrañas situaciones intelectuales desde que comenzaron a sembrarse entre nosotros. El que dejó clavada la célebre décima en la puerta de su celda al ser expulsado del Convento de San Pablo, de Sevilla:

Atar la pluma y la boca,
remachar más nuestros grillos,
gobernar sólo los pillos,
robarnos lo que nos toca,
barrenar la fuerte roca
de la fe y la religión,
doblar la contribución,
quitar la Iglesia y el Rey,
desbaratar nuestra ley:
esto es la Constitución.

No queremos decir tanto, aunque la tradición de quienes entre nosotros, desde los tiempos de las Cortes de Cádiz, se aproximan al modo de pensar del Filósofo Rancio --"el último de los escolásticos puros y al modo antiguo" (M. Pelayo)-- es mucho más rica de lo que se acostumbra a leer en una historiografía de impronta liberal, que es la que en España ha imperado durante mucho tiempo. Pero se equivocan quienes a estas alturas, a juzgar por lo que ahora se publica y se lee, verdadera invasión que repentinamente nos ha inundado desde todos los lados y en todos los terrenos, consideran que los españoles vivimos sólo de anticuerpos. Aunque sólo se le suponga valor, existe algo tan distinto como es el mismo cuerpo. Algo más sustancial y menos tornadizo.
Pensar así, no hay duda, es pensar ya en tradicionalista. Pero no se es tradicionalista por mera inclinación, sino porque no podemos sin más modificar nuestra propia personalidad. Y ésta, por muchos que se empeñen en negarlo, tiene sus fundamentos en nuestro pasado. Así, debemos ser tradicionalistas si es que de manera general se quiere ser algo, lo cual, entre quienes comparten este modo de pensar, constituye un lugar común.
Pero, acaso, ¿conocen su verdadera identidad quienes con tanta ligereza tienen fáciles tragaderas para todo lo que suene a crítica despectiva, cuando no demoledora de nuestro pasado? ¿Quién duda de que se han perfilado nuevas formas de lucha, junta a una corriente de crítica radical? Tantos denostadores con la repulsa global a flor de labios, constituidos en ombligos del mundo, creen, en el fondo, que nuestros antepasados fueron incapaces de acertar alguna vez con algo verdaderamente importante, y si, por casualidad, acertaron, ya hoy, carece de valor. Logros, adquisiciones de que se ufana el pensamiento humano, que si bien a veces ha costado largos siglos burilarlos, pueden, sin embargo, desmoronarse en muy breve tiempo. En realidad, ¿no se nutren estos denostadores, con frecuencia, de malas traducciones? ¿Se caracterizan por sus vivencias de una realidad inconfundible? ¿No están condenados a sembrar tempestades y a no echar raíces? Tanta indiscriminada, y a veces institucionalizada complacencia ante las negaciones más suicidas y mortificantes; tantas autoflagelaciones despiadadas que hoy se leen en algunos de nuestros diarios y publicaciones, obra singularmente de nuestra gente más jóven, sin duda, no se explican sin una anterior y muy considerable dosis de mentalización --término marxistoide--, de innegable procedencia intelectual. El remedio, para que lo sea de raíz, ha de ser también eminentemente intelectual, aunque el problema en sí no se agote en este campo, ni muchísimo menos.
A propósito de lo que nos es sustancial, podemos añadir que no ha sido España precisamente la última en el movimiento de restauración de la sabiduría escolástica en el mundo moderno. A ello se refería en 1896 D. Juan Manuel Ortí y Lara en su prólogo a la Filosofía cristiana, de Torre Isunza. Entre los principales precursores y propulsores españoles de este renacer en el pasado siglo, citaba a Balmes, al cardenal González y al P. Urráburu. Cada uno de ellos con su fisonomía peculiar. Influjo del cartesianismo y del sensismo inglés en el primero; pureza tomista, lograda entonces con más dificultad que ahora, en el segundo (la traducción al alemán de sus Estudios sobre la Filosofía de Santo Tomás aparecieron en 1864, quince años antes de la encíclica Aeterni Patris); Urráburu, por su parte, suele seguir las huellas de Lossada y de Suárez. Pero si estas figuras tienen cada cual una fisonomía muy diferente en el ámbito de la filosofía española, como ironiza Leopoldo Eulogio Palacios en su breve artículo España en la restauración del tomismo, "la repulsa o el silencio que les tributan los enemigos del catolicismo es buena muestra de la afinidad que les liga".
Ya en el siglo XX, entre otras muchas figuras que no citamos para no resultar prolijos, hay una que ha ejercido un influjo excepcional sobre los pensadores católicos de otros países: el dominico español, P. Norberto del Prado, profesor de la Universidad de Friburgo. La crítica empieza a fijarse en el mérito que supuso traer al primer plano de la discusión doctrinal temas entre los más fundamentales, que volvieron a retoñar pujantes con el calor de la vida nueva que él les dio en el terreno de la más elevada especulación filosófica y teológica. Inspiradas en su obra o al menos en estrecha vinculación con ella han aparecido otras muchas en los últimos treinta años: Le rôle de l'analogie en théologie dogmatique (1931), de Pinido; Das Wesen des Thomismus (1932), de Manser; La synthèse thomiste (1947), de Garrigou-Lagrange... Para vergüenza de los españoles quedan todavía algunos manuscritos del P. Norberto del Prado pendientes de publicación. De ello se lamentaba con frecuencia el P. Ramírez.
En la más científica de las publicaciones bibliográficas dedicadas al tomismo, la del Prof. de la Universidad suiza de Friburgo, P. Paul Wyser, O.P., aparecida en 1950 dentro de la colección Bibliographische Einführungen in das studium der Philosophie, dirigida por el P. Bochenski, O.P., las obras del P. Norberto del Prado y del P. Ramírez están señaladas con las máximas recomendaciones. Así, De veritate fundamentali philosophiae christianae (Friburgi. Helv. 1911) es calificada como Das grundlegende Werk, y los artículos que el P. Ramírez publicó en La Ciencia Tomista, en 1921 y 1922, como Die klassische neure Darstellung der thomischen Analogielehre. Con frecuencia encontramos la palabra hervorragend cuando se mencionan en tan prestigiosa publicación los trabajos de estos tomistas españoles. Mas es la Escolástica todavía --a diferencia de lo que ha sucedido y sucede con los restantes de nuestros movimientos intelectuales que se han desentendido de ella --la que explica lo que de dimensión universal y de actualísima vigencia existe en nuestro pensamiento. Nada similar se advierte, bien sea en el krausismo o en el orteguismo, en nuestros liberales o en nuestros marxistas...
(...) Los intentos realizados hasta ahora al margen de la Escolástica, para entender los grandes logros de nuestra vida cultural, han resultado más bien fallidos, precisamente por haber marginado tan formidable movimiento intelectual, insertado en lo más hondo de nuestra vida colectiva. Así, pese a las indicaciones unamunianas para entender nuestra mística, no hay, por ejemplo, ningún estudio serio sobre San Juan de la Cruz que no insista sobre su base escolástica. ¿Es necesario reproducir lo que Santa Teresa nos dice de su confesor Báñez, uno de nuestros tomistas más puros? Por otra parte, ¿no ha sido un fallo de nuestra crítica más cotizada, que Maeztu trató de subsanar, su actitud ante el pensamiento escolástico?...
Nos llevaría muy lejos, y ello exigiría una gruesa monografía, extendernos sobre el particular. Pues desde los confesores de los reyes, moralistas y tratadistas políticos, pasando por los Autos Sacramentales y el realismo y personalismo de nuestra vida literaria más cotizada, raro es el fenómeno saliente de nuestra vida cultural y espiritual que no guarde alguna relación importante con la formación escolástica. El esplendor de su cultivo coincide con nuestras más grandes efemérides históricas; su decadencia, con la nuestra".

(Marrero, V.: Santiago Ramírez, O. P. Su vida y su obra. Madrid, CSIC, 1971, pp. 155-161)

domingo, 7 de noviembre de 2010

El reflejo cristalino de la Verdad

Hay una característica típica de la personalidad científica de Santo Tomás de Aquino que han destacado siempre los estudiosos de su obra, y es la ausencia de su personalidad en sus escritos teológico-filosóficos. Esto puede parecer una contradicción, o un reproche contra el santo, pero nada más lejos de la realidad.

En una época como la nuestra, obsesionada con el ego, con la subjetividad, con expresar a toda costa los sentimientos o las opiniones personales, el Doctor Angélico se muestra como el perfecto ejemplo de honradez científica, que anonadándose a sí mismo busca por encima de todo el triunfo de la verdad. En el ámbito del pensamiento es como los héroes de guerra que se sacrifican en defensa de su familia, de su patria y de una causa justa; hay también un heroísmo intelectual, que vence sobre las embestidas de las pasiones, de la envidia, de la soberbia y de la vanidad, para hacer resplandecer la verdad por el puro amor a ella. Este triunfo es como todos los esfuerzos para vencerse a uno mismo, más difícil que los triunfos exteriores, y es por ello que vemos tantas veces la ciencia contaminada de ideologías, de intereses o de un simple afán de protagonismo. Por eso es tan necesario volver también en esto a Santo Tomás de Aquino.

Dice G. Manser en su gran obra La esencia del tomismo: "Tomás, en sus obras rigurosamente científicas, se muestra siempre seco, escueto, preciso, sin adornos, casi frío, como las más altas cumbres nevadas, que, ajenas al cambio de las estaciones, permanecen siempre inmutables. La tendencia eminentemente polémica de Duns Escoto llevaba consigo el que también lo personal se destacara en sus obras de una manera mucho más vigorosa. Todavía dista más del Aquinate el espíritu insatisfecho, malhumorado y pesimista con que Rogerio Bacon critica a casi todos sus contemporáneos -sin exceptuar a sus hermanos de Religión- para destacarse más a sí mismo. Rara vez se encuentra en las obras de Tomás la expresión de sentimientos personales y disposiciones de ánimo, a no ser en las cartas, en que con gran amabilidad contesta a las preguntas científicas que se le hacen. (...) Desde este punto de vista, su manera de trabajar y su sistema son los más impersonales de todo el siglo XIII, y su peculiaridad consiste precisamente en evitar todo lo individual y personal, para sacrificarlo todo al conocimiento de la verdad y a la concentración sobre ella y sobre el saber. En esto es Tomás el tipo del investigador rigurosamente científico".

Igual que en la vida práctica, el alma humilde de Santo Tomás estaba a entera disposición de la voluntad de Dios, en su vida intelectual era capaz de despojarse de todas las trabas que enturbian el verdadero conocimiento para reflejar de manera clara y cristalina la Verdad que en última instancia es Dios. Por ese motivo se representa al santo con un sol luminoso y radiante en el pecho. También Martin Grabmann destaca este carácter científico del Aquinatense como Manser, y dice: "Su método científico está guiado por puntos de vista rigurosamente objetivos y dominado únicamente por el ideal de la verdad. "En la aceptación lo mismo que en el repudio de las opiniones, no debe el hombre dejarse guiar por el amor o por el odio hacia aquel que las representa, sino antes bien por la certidumbre de la verdad" (In XII. Metaph. lect. 9.) En toda ocasión sigue nuestro pensador el camino recto de la verdad y procura aportar toda la luz y claridad posibles sobre los problemas que trata. (...) Su estilo es sencillo, práctico, positivo, sin vuelo retórico, sin colorido poético. Su objeto no es trazar brillantes cuadros, ni construir frases impresionantes y de rico colorido, sino construir ideas claras y límpidas. Fantasía y sentimiento parece que se retiran".


Por desgracia, en nuestro tiempo lo que vemos abundantemente es lo contrario, pues las ideologías y múltiples intereses llenan de nubes esa luz, dejando oculta la verdad para ponerse por delante uno mismo y ensalzarse sobre ella. Hay verdades filosóficas, morales o de ciencia natural, que no interesan, y que independientemente de su veracidad se rechazan o se cierran los ojos ante ellas por ser incómodas. Ya no parece importar la verdad, sino que lo que uno opina tiene valor por sí mismo por ser suyo, por ser su opinión, sus ideas; es ésta una de las consecuencias de la religión del hombre, que como humo de Satanás se ha infiltrado también en la Iglesia (según las propias palabras de Pablo VI).

Así, el propio Joseph Ratzinger, en su autobiografía Mi vida, llega a afirmar: “El descubrimiento del personalismo, que hallábamos haber sido hecho con una nueva fuerza de convicción en el pensador judío Martin Buber, constituyó para mí una importante experiencia intelectual (…) En cambio, me costaba entender a Santo Tomás de Aquino, cuya lógica cristalina me parecía demasiado encerrada en sí misma, muy impersonal y muy estereotipada”. Es el personalismo, la filosofía del hombre como medida de todas las cosas lo que se impone a la verdadera filosofía cristiana, así como cualquier tipo de subjetivismo desde Descartes y Kant hasta el sentimentalismo modernista. Lo mismo que en todas las manifestaciones artísticas, con esa histérica herencia romántica, se exaltan las obras más "personales" y se fomenta a los artistas más excéntricos con disfraz de genio incomprendido encerrado en su propio mundo personal.

Por ese motivo, incluso en las jerarquías vaticanas, a menudo no se comprenden temas verdaderamente fundamentales, porque contaminados de ese subjetivismo moderno de las filosofías idealistas, fenomenologístas o personalistas, no alcanzan a ver de manera clara y serena la realidad. Como dijo sabiamente en una de sus cartas el P. Francisco Alvarado, "la abundancia de la claridad suele a veces ser un estorbo para los ojos legañosos".

Urge por tanto volver a las fuentes claras y cristalinas del saber científico de Santo Tomás y a su espíritu y actitud ante la realidad para no quedarnos enlodados en el fango de las opiniones, del interés personal, de las ideologías y de la propia vanidad, pues lo que sobre todo debe buscarse es la Verdad, porque sabemos que sin ella no puede agradarse a Dios y que en ella nada encontraremos que vaya contra Él, pues Cristo nos dijo que Él es el Camino, la Verdad y la Vida.