viernes, 3 de septiembre de 2010

San Pío X: contra el modernismo, tomismo


Recordamos hoy, tres de septiembre, al único papa santo del s. XX, San Pío X, que nos dejó la gran Encíclica Pascendi, de absoluta actualidad, que además de exponer perfectamente y condenar el modernismo (que es la suma de todas las herejías), supo encontrar con total precisión la causa y el remedio de esta enfermedad que corroe la Iglesia cada vez más:

CAUSAS Y REMEDIOS

La causa próxima e inmediata es, sin duda, la perversión de la inteligencia. Se le añaden, como remotas, estas dos: la curiosidad y el orgullo. La curiosidad, si no se modera prudentemente, basta por sí sola para explicar cualesquier errores…

Y si de las causas morales pasamos a las que proceden de la inteligencia, se nos ofrece primero y principalmente la ignorancia. -En verdad que todos los modernistas sin excepción, quieren ser y pasar por doctores en la Iglesia, y aunque con palabras grandilocuentes subliman la filosofía moderna y desprecian la escolástica, no abrazaron la primera deslumbrados por sus aparatosos artificios, sino porque su completa ignorancia de la segunda les privó del instrumento necesario para suprimir la confusión en las ideas y para refutar los sofismas. Y del consorcio de la falsa filosofía con la fe ha nacido el sistema de ellos, inficionado por tantos y tan grandes errores…

Tres son principalmente las cosas que tienen por contrarias a sus conatos: el método escolástico de filosofar, la autoridad de los Padres y la tradición, el magisterio eclesiástico. Contra ellas dirigen sus más violentos ataques. Por esto ridiculizan generalmente y desprecian la filosofía y teología escolástica, y ya hagan esto por ignorancia o por miedo, o, lo que es más cierto, por ambas razones, es cosa averiguada que el deseo de novedades va siempre unido con el odio del método escolástico y no hay otro más claro indicio de que uno empiece a inclinarse a la doctrina del modernismo que el comenzar a aborrecer el método escolástico. Recuerden los modernistas y sus partidarios la condenación con que Pío IX estimó que debía reprobarse la opinión de los que dicen: El método y los principios, con los cuales los antiguos Doctores escolásticos cultivaron la Teología, no corresponden a las necesidades de nuestro tiempo ni al progreso de la ciencia. Por lo que toca a la tradición, se esfuerzan astutamente en pervertir su naturaleza y su importancia, a fin de destruir su peso y autoridad.


REMEDIOS EFICACES

En primer lugar, pues, por lo que toca a los estudios, queremos, y definitivamente mandamos, que la Filosofía escolástica se ponga por fundamento de los estudios sagrados.

Lo principal que es preciso notar es que, cuando prescribimos que se siga la Filosofía escolástica, entendemos principalmente la que enseñó Santo Tomás de Aquino, acerca de la cual, cuanto decretó Nuestro Predecesor queremos que siga vigente y, en cuanto fuere menester, lo restablecemos y confirmamos mandando que por todos sea exactamente observado. A los Obispos pertenecerá estimular y exigir, si en alguna parte se hubiese descuidado en los Seminarios, que se observe en adelante, y lo mismo mandamos a los superiores de las Ordenes religiosas. Y a los maestros les exhortamos a que tengan fijamente presente que el apartarse del Doctor de Aquino, en especial en las cuestiones metafísicas, nunca dejará de ser de gran perjuicio…”

Sancte Pie Decime, gloriose patrone, ora pro nobis.







viernes, 20 de agosto de 2010

La vigencia del tradicionalismo político español

Ante la reciente noticia de la muerte de Carlos Hugo (q.e.p.d.), los medios de comunicación, incluso algunos católicos tradicionalistas, han mostrado una enorme incomprensión y desconocimiento de la realidad actual del tradicionalismo político español, sin el cual no existe la verdadera España, que no es sino la Christianitas minor, el resto de la vieja Cristiandad destrozada por la corrosión del protestantismo y la Europa moderna, masónica y liberal.

Es necesario recordar que Carlos Hugo perdió tristemente la legitimidad por sus desviaciones ideológicas y religiosas, por lo que Don Sixto Enrique de Borbón-Parma pasó a ser el sucesor legítimo a la Corona. Como en tantas cosas, el Concilio Vaticano II fue decisivo, ya que siendo el Carlismo el estandarte político del tradicionalismo católico español y por ello íntimamente ligado a la Iglesia, fue casi inevitable que no hubiera disensiones y rupturas internas ante la gran crisis conciliar.

Igual que la Iglesia iba a ser autodemolida (según la famosa expresión de Pablo VI) y ocupada por la nueva secta modernista “conciliar”, el que por legitimidad de origen era abanderado de la Tradición política de las Españas iba a deformar completamente el carlismo hasta convertirlo en su caricatura. Sin embargo, la Iglesia no puede ser dividida por ninguna voluntad humana, ya que el que traiciona la verdadera fe no hace más que ponerse a sí mismo fuera de su seno, quedando ésta siempre Una, Santa, Católica y Apostólica. De igual manera, el Príncipe que traiciona los fundamentos sagrados de la Monarquía tradicional no daña dicha institución, cuyos mecanismos han sido perfectamente pensados por los grandes filósofos y pensadores de la Cristiandad, sino que se daña a sí mismo privándose de la legitimidad heredada. No hay que olvidar que el carlismo en España no es una ideología, ni un partido, sino una comunión.

Así pues, alejado de los principios inmutables de tan noble y antigua institución, Carlos Hugo perdió dicha legitimidad, que vino a recaer en su hermano Don Sixto Enrique, que en primera fila de la lucha por la Tradición, fue el primero en dar su enhorabuena a Mons. Lefebvre tras las famosas consagraciones episcopales de 1988 en
Ecône. Es pues deber de todo el mundo hispano y todavía católico, rendirle lealtad a su legítimo Rey y luchar por que pueda llegar a reinar; el resto de “alternativas” imaginadas por los católicos tradicionalistas no son más que parches liberales heredados de la triste practica política implantada de forma fatal desde León XIII y su llamado ralliement, la cual ha llevado a la rendición del catolicismo en el ámbito social ante los poderes revolucionarios establecidos. Siendo León XIII y sus sucesores hasta el Vaticano II, papas de feliz y gloriosa memoria, no supieron en la práctica lidiar con un enemigo tan sutil y perverso como el mundo liberal nacido de la Revolución Francesa, y lo que en ellos fue desafortunada práctica política, con los papas conciliares fue absoluta entrega y abrazo fraterno con los poderes anticristianos actuales.

Es hora de dejar las excusas y luchar por la integridad del orden cristiano, porque no es posible elegir primero unos imperativos de nuestra fe y después otros, según parezca favorable o conveniente dependiendo de la situación; ni tampoco son posibles medias tintas o excusas de cualquier tipo, porque ya hemos visto a dónde nos ha llevado esa actitud socialmente a los católicos. Y es preciso recordar especialmente una sentencia condenada por Pio IX en el Syllabus y que muchos parecen no recordar o tratan de evitar cuidadosamente: "
LXIII. Negar la obediencia a los Príncipes legítimos, y lo que es más, rebelarse contra ellos, es cosa lícita". Es evidente que esta doctrina es inmutable y no progresa, aunque algunos que se llaman tradicionalistas piensen, a la manera progresista, que no es propio de estos tiempos…

No pueden olvidarse nunca nuestros deberes respecto a la sociedad y a la Patria, y al calor de la Iglesia ha nacido un orden social y unas sagradas instituciones que deben restaurarse si no queremos seguir en la tela de araña del liberalismo. La monarquía tradicional es la responsable de ese orden y la aglutinante de esas instituciones, y Don Sixto Enrique de Borbón es nuestro Rey.


El hombre y la institución (Lo que España necesita)

De CARLISMO.ES


No es cosa fácil comprender la monarquía. Ni ahora que el nihilismo avanza como una marea que por momentos parece incontenible y nada digno de respeto encuentra a su paso. Ni antes cuando el racionalismo, por cierto nunca del todo arrumbado, podía talar enteros estratos de la naturaleza, también de la humana. Ni siquiera en tiempos en que sin desdoro de la razón podía fundarse el orden en armonía con lo divino y aun con lo mágico. Ernest Renan, en su libro sobre la reforma intelectual y moral en Francia, pudo escribir, así, que la monarquía hereditaria es una concepción política tan profunda que no está al alcance de todas las inteligencias.


Porque la monarquía es, sobre todo, una institución, arraigada en la tradición y que garantiza la continuidad por encima de los cambios de la voluntad de una generación. Una institución que conjuga unidad y pluralidad, unidad en la persona del rey y pluralidad en la ordenación de los cuerpos sociales que convergen en la Corona. Una institución que tiene por nota esencial la legitimidad, de origen, sí, asegurando la continuidad, de que acabamos de hablar, a través de la eliminación de la incertidumbre en la sucesión, pero también de ejercicio, dando cumplimiento al recto ejercicio de un poder que es respetuoso de las libertades, que por tanto no es puro arbitrio, sino ordenación prudente de lo que de suyo tiende para su perfección a un fin. Cuando la legitimidad de origen se desprende, como si de un fardo se tratase, de la de ejercicio, comienza a desangrarse la monarquía. Al igual que el recto gobierno se sublima cuando se inserta en la venerable sucesión de la monarquía legítima. Pero la monarquía, aun la ilegítima, aun su simple apariencia, como si de un disfraz se tratase, tiene tal virtud unitiva, cordial y moderadora que no deja de atraer con fuerza a los pueblos. Por eso, el profesor Frederick D. Wilhelmsen, a quien tanto marcó el conocimiento del carlismo, decía irónicamente de los ingleses que no merecían tener siquiera ese espectro de monarquía que mantienen. Algo similar podríamos aplicar a nuestro predio hispano.

El legitimismo nace para combatir la usurpación, que suele conducir al desgobierno. O para frenar el desgobierno que termina por minar las bases de la legítima continuidad tradicional. El carlismo nació de una protesta contra la suplantación de la legitimidad de origen, pero también contra la voluntad claramente manifestada por la usurpación de desmedular la constitución natural de unos pueblos. De modo que una y otra se alimentaron en su imbricación, como hicieron causa común la traición y la revolución. Y pese a las personas de sus reyes, mejores o peores, más o menos capaces y entregados, pero entre oscuridades o refulgentemente leales a su misión, el devenir de los acontecimientos, bélicos o políticos, fue cuajando en una doctrina que enlaza con lo mejor de nuestra tradición política, moral y religiosa, saltando las impurezas arrastradas en el curso histórico. Por eso, el carlismo, legitimismo borbónico, doctrinalmente se va haciendo habsbúrgico y de “español” enteco se desparrama en “hispánico”. Esa apertura a la hispanidad y esa rectificación de las coyunturas históricas dieciochescas e incluso decimonónicas, hace que progresivamente se haya ido depurando y purificando. En días cercanos a los nuestros, para muchos los nuestros, en la segunda mitad del siglo XX, se ha dado así la mejor teorización del pensamiento tradicional hispano –también algunas de sus más groseras deformaciones–, aun con la contrapartida de haberse perdido tanto la vivencia popular e institucional carlista. Pero en tal trayecto no sólo ha tenido culpa, por sus desaciertos o fallas, nuestra Comunión. Son los acontecimientos que han marcado una época de la historia de España y de la historia del mundo: desde el franquismo y su menesterosidad hasta el inaudito giro consolidado en el II Concilio Vaticano.


Pero la institución encarna en una persona. Y la monarquía requiere de un rey. Y el legitimismo precisa de un rey legítimo opuesto al usurpador. El carlismo sin rey es un absurdo que sólo cabe en quienes en su fondo último han abjurado del legitimismo, para quedarse en tradicionalismos abstractos que no pueden –y por eso, salvadas las loables inconsecuencias, suelen– sino desembocar a la postre en obediencias democristianas. La prolongación de un legitimismo que no logra acceder al poder y restaurar la legitimidad, tiende al folclorismo. Y pese a ello, entre nosotros, hasta las trágicas consecuencias del II Concilio Vaticano, coincidente en el tiempo con la traición de Don Carlos-Hugo, puede afirmarse la continuidad política eficaz de la adhesión a unos príncipes. Aun con cientos de grupos y grupúsculos, de escisiones y divisiones, y mediando incluso el agotamiento del tronco de la dinastía, con la necesidad de podar varias ramas. Y el Rey Don Javier de Borbón Parma reunió en su torno la lealtad secular. Como hoy debiera el carlismo seguir con afán a su hijo Don Sixto Enrique. Su reciente manifiesto, última cuenta de un rosario de actividad discreta pero sostenida al tiempo, lo prueba. Por su fidelidad a los principios de la tradición española tal y como los codificó el Rey Don Alfonso Carlos. Por su acertada visión de la coyuntura presente del mundo. Por su trayectoria al servicio de la causa de la Cristiandad y de la Hispanidad en particular. Don Sixto Enrique, hombre inteligente y culto, inquieto y viajero, firme en la tradición de la Iglesia de siempre y en la del legitimismo carlista. He ahí al hombre. El hombre que España necesita para que se prolongue la continuidad venerable de la monarquía tradicional. Legítima de origen y de ejercicio. Lo demás son discursos republicanos bajo protesta de monarquía. Paradoja semejante a la que en otros órdenes acompaña en bien conocidos ambientes a las cada vez más frecuentes prédicas conformistas de inconformismo y a alocuciones liberales de catolicismo “en la vida pública”. El carlismo tiene un signo bien neto: íntegramente legitimista y tradicionalista. El debilitamiento de sus notas constitutivas, consciente o involuntario, puede aparecer exigido por respetables opciones personales o simular que obedece a razonables exigencias del tiempo, pero en todo caso significa un nuevo camino. Buen viaje. Que lo siga quien lo desee. Pero que no se encubran los nuevos puertos cuyo abrigo se pretende. El carlismo no sólo cree que ante Dios no hay héroe anónimo; también ha sido siempre una milicia de soldados conocidos. Con un capitán que sabe quién es.

M. Anaut

martes, 13 de julio de 2010

Justicia de la guerra, por Juan de la Peña, O.P.


Transcribo a continuación un fragmento del comentario de Juan de la Peña, dominico de la Escuela de Salamanca y discípulo de Bartolomé de Carranza, sobre la Quaestio 40 De Bello de Santo Tomás de Aquino. Dicho autor tuvo en el s. XVI una considerable importancia, especialmente por su disputa contra Ginés de Sepúlveda a propósito de la conquista de las Indias, así como por su participación en el famoso proceso contra su maestro Bartolomé de Carranza y por ser uno de los protagonistas de la pugna entre agustinos y dominicos por las cátedras salmanticenses, que en su caso fue la oposición con el maestro agustino Juan de Guevara. He aquí un interesante fragmento de su obra De Bello contra insulanos sobre la guerra justa, donde sigue al Doctor Angélico frente a las exageraciones de paganos y herejes acerca de esta cuestión:

"Para la solución del problema tened presente el error que existió entre gentiles y paganos, de que el derecho estaba en las armas; de ahí su afirmación de que todas las guerras eran lícitas. En el extremo opuesto se situaba el error de los maniqueos, quienes afirmaban que todas las guerras eran ilícitas y malas, provenientes de un dios malo; de ahí su afirmación de que todas las guerras que se hicieron en el Antiguo Testamento provenían de un dios malo. Por eso condenaban el Antiguo Testamento y sostenían que uno es el Dios del Antiguo Testamento y otro el del Nuevo Testamento. Contra estos heréticos escribió Agustín, a quien cita Santo Tomás textualmente en este artículo. Las razones que ellos aducen las recoge Santo Tomás y Agustín les da en este mismo pasaje la adecuada respuesta.
Después en nuestros días vino el error de Ecolampadio, que condenaba todas las guerras en los tiempos del Nuevo Testamento, apoyado sobre todo en aquel pasaje: de las espadas forjarán arados, etc, y no se adiestrarán para la guerra.
También Lutero cayó en error condenando especialmente las guerras contra los turcos. Afirmaba que las guerras que se hacían contra los turcos eran ilícitas. Esta era su tesis: Pelear contra el turco es resistir a Dios que castiga nuestras iniquidades. El argumento viene a ser este: Todo el que resista al verdugo y al ejecutor de la justicia, peca. Pero el turco es ejecutor de la justicia divina contra nosotros. Luego pecamos haciéndole resistencia y peleando. Juan Fisher escribió contra este error y el Papa León X lo condenó en su Bula. La Iglesia condena estos errores. Consultad sobre el particular a Alfonso de Castro.

Dando de lado a estos errores, esta es la tesis católica: la guerra, si cumple las condiciones de guerra justa, es y fue siempre lícita, y decir lo contrario es una herejía.

(...) Prueba de razón: Es lícito por derecho natural, repeler la fuerza con la fuerza con la moderación que exige una defensa irreprensible. Luego la guerra defensiva es lícita. Nos queda por probar ahora que también es lícita la guerra ofensiva, que se emprende para vengar una injuria. Prueba: Todo príncipe tiene poder en su república para vengar a sus ciudadanos de las injurias y recobrar los propios bienes de los ciudadanos contra sus enemigos internos. Luego el mismo poder tiene también contra los enemigos externos.

Por lo que se refiere a la república el antecedente es manifiesto. Son también una prueba las palabras de Pablo: por algo lleva la espada, para vengarse de los malhechores. Prueba de la consecuencia: Al príncipe le ha sido confiada de forma absoluta la administración del bien público en su totalidad, y por consiguiente puede tomar venganza de quien sea; si así no fuera, la república sería muy imperfecta y se daría lugar a pillajes, latrocinios y homicidios.

Hay, no obstante, quienes niegan la consecuencia. La razón es esta: el propio juez tiene poder entre los ciudadanos; el juez está situado en una línea de supremacía y por lo mismo tiene poder para dictar sentencia sobre quien sea. Pero no es superior en relación con otro rey, sino que los dos son iguales. Además el igual no tiene dominio sobre su igual; no se da, pues, la misma razón ni puede por tanto dictar sentencia. En conclusión, toda guerra ha de ser mala, puesto que se hace con autoridad privada, por así decir, y es como si un ciudadano tomase venganza de otro ciudadano por su propia autoridad. Tal es el caso de un príncipe respecto de otro.

Con esta argumentación cayó Erasmo en engaño. Pero a esta respuesta decimos que por el hecho mismo de inferir alguien una injuria a otro dirigida a la república, en esto se hace inferior suyo por razón del delito y queda sometido a él. Una explicación más amplia, al estudiar las causas y condiciones de la guerra justa. Consecuencia: Es lícito a los cristianos pelear, si se cumplen los requisitos. En efecto, la gracia no destruye a la naturaleza sino la perfecciona; por consiguiente, si toda república tiene este derecho por derecho natural, el mismo derecho tiene también la república cristiana. Podemos, pues, luchar por la religión, por la vida, por el honor y por los bienes."

lunes, 28 de junio de 2010

Garrigou-Lagrange sobre la libertad religiosa


"Nosotros podemos (...) hacer de la libertad de cultos un argumento ad hominem contra aquellos que, a la vez que proclaman la libertad de cultos, persiguen a la Iglesia (Estados laicos y socializantes), o impiden su culto directa o indirectamente (Estados comunistas, islámicos, etc.). Este argumento ad hominem es justo y la Iglesia no lo desdeña, usándolo para defender eficazmente su derecho a la libertad. Pero no se sigue, que la libertad de cultos, considerada en sí misma, sea sostenible para los católicos como principio, porque ella es de suyo absurda e impía, pues la verdad y el error no pueden tener los mismos derechos." (Reginald Garrigou-Lagrange. De Revelatione)

martes, 15 de junio de 2010

Los dogmas modernos, por Leonardo Castellani


Decía
Chesterton que el hombre moderno ha dejado de creer en Dios para creer en cualquier cosa, y así es; con ese estilo satírico que le caracterizaba, Leonardo Castellani nos muestra en estos "credos" los mitos modernos sobre los que se fundamenta nuestra época y que muy pocos ponen en duda. Siguiendo con Chesterton hay que decir: "El mundo moderno está lleno de hombres que sostienen dogmas con tanta firmeza, que ni siquiera se dan cuenta de que son dogmas." Aquí están explicitados, para que el hombre moderno se replantée si es realmente tan escéptico como cree, o simplemente ha cambiado el sentido común y la verdadera fe por simples supersticiones ideológicas muy bien vendidas.









CREDO DEL INCRÉDULO

CREO en la Nada Todoproductora d'onde salió el Cielo y la Tierra.
Y en el Homo Sápiens su único Hijo Rey y Señor,
Que fue concebido por Evolución de la Mónera y el Mono.
Nació de Santa Materia
Bregó bajo el negror de la Edad Media.
Fue inquisionado, muerto achicharrado
Cayó en la Miseria, Inventó la Ciencia
Ha llegado a la era de la Democracia y la Inteligencia.
Y desde allí va a instalar en el mundo el Paraíso Terrestre.
Creo en el libre pensante
La Civilización de la Máquina
La Confraternidad Humana
La Inexistencia del pecado,
El Progreso inevitable

La Rehabilitación de la Carne
Y la Vida Confortable.

Amén.

CREDO EVOLUCIONISTA

Creo en la Evolución todopoderosa,
que a partir del Big Bang produjo el cielo y la tierra,
y en todos los seres que en ella existen, terrestres y extraterrestres.
Y en Carlos Darwin, el sumo profeta,
que fue concebido por obra y gracia de la mentalidad manchesteriana,
en la Inglaterra victoriana, rapaz y puritana.
Nació en las nebulosas divagaciones de Empédocles, Demócrito, y Lucrecio.
Creció al calor de los sofismas de Descartes, Locke y Hume.
Se nutrió de Malthus y se consolidó con Spencer.
Fue pronunciada por Lamarck , el precursor,
y REVELADA FINALMENTE POR DARWIN EN LA PLENITUD DEL SIGLO.
Fue aclamada por Marx, Engels, y todo medio pelo intelectual;
fue refutada, muerta y sepultada por verdaderos científicos.
Fue resucitada luego - con fines ideológicos- por una multitud de delirantes,
pero dueños de la manija.
Creo en la Selección Natural, que a partir de una ameba produjo al Hombre,
y en las mutaciones, que brindaron la materia prima para semejante prodigio.
Creo que el alma no existe y que Dios es sólo un producto de la mente del hombre,
que no es sino un mono evolucionado.
Creo en la supervivencia de los "mas aptos",
o sea, aquellos liberados de la opresión de oscuras supersticiones,
tales como la Fe, la Patria y el Heroísmo;
factores todos que conspiran contra la supervivencia.
Creo en la fosilizacion de la carne,
y que la vida es un fenómeno físico-químico, producto del azar.
Creo en fin que todo cambia y nada permanece.
Amén

viernes, 4 de junio de 2010

Himnos de Santo Tomás de Aquino al Santísimo Sacramento



ADORO te devote, latens Deitas, quae sub his figuris vere latitas: tibi se cor meum totum subiicit, quia te contemplans totum deficit.
Visus, tactus, gustus in te fallitur, sed auditu solo tuto creditur; credo quidquid dixit Dei Filius: nil hoc verbo Veritatis verius.
In cruce latebat sola Deitas, at hic latet simul et humanitas; ambo tamen credens atque confitens, peto quod petivit latro paenitens.
Plagas, sicut Thomas, non intueor; Deum tamen meum te confiteor; fac me tibi semper magis credere, in te spem habere, te diligere.
O memoriale mortis Domini! panis vivus, vitam praestans homini! praesta meae menti de te vivere et te illi semper dulce sapere.
Pie pellicane, Iesu Domine, me immundum munda tuo sanguine; cuius una stilla salvum facere totum mundum quit ab omni scelere.
Iesu, quem velatum nunc aspicio, oro fiat illud quod tam sitio; ut te revelata cernens facie, visu sim beatus tuae gloriae. Amen.

ESPAÑOL

Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A Ti se somete mi corazón por completo, y se rinde totalmente al contemplarte.
Al juzgar de Ti, se equivocan la vista, el tacto, el gusto; pero basta el oído para creer con firmeza; creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios: nada es más verdadero que esta Palabra de verdad.
En la Cruz se escondía sólo la Divinidad, pero aquí se esconde también la Humanidad; sin embargo, creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió aquel ladrón arrepentido.
No veo las llagas como las vió Tomás pero confieso que eres mi Dios: haz que yo crea más y más en Ti, que en Ti espere y que te ame.
¡Memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre: concede a mi alma que de Ti viva y que siempre saboree tu dulzura.
Señor Jesús, Pelícano bueno, límpiame a mí, inmundo, con tu Sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.
Jesús, a quien ahora veo oculto, te ruego, que se cumpla lo que tanto ansío: que al mirar tu rostro cara a cara, sea yo feliz viendo tu gloria. Amén.




Pange lingua gloriosi
Corporis mysterium,
Sanguinisque pretiosi,
Quem in mundi pretium
Fructus ventris generosi,
Rex effudit gentium.

Nobis datus nobis natus
Ex intacta virgine,
Et in mundo conversatus,
Sparso verbi semine,
Sui moras incolatus
Miro clausit ordine.

In supreme nocte coenae
Recumbens cum fratribus,
Observata lege plena,
Cibis in legalibus,
Cibum turbae duodenae
Se dat suis manibus.

Verbum caro, panem verum
Verbo Carnem efficit:
Fitque Sanguis Christi merum
Etsi sensus deficit,
Ad firmandum cor sincerum
Sola fides sufficit.

Tantum ergo Sacramentum
Veneremur cernui:
Et antiquam documentum
Novo cedat ritui:
Praestet fides supplementum
Sensuum defectui.

Genitori, Genitoque
Laus et iubilatio,
Salus, honor, virtus quoque
Sit et benedictio:
Procedenti ab utroque
Compar sit laudatio.
Amen.


ESPAÑOL

Canta lengua el glorioso
misterio del Cuerpo,
y de la Sangre preciosa,
fruto de un vientre generoso,
precio del mundo derramado,
por el Rey de las naciones.

Para nos dado y nacido
de una purísima Virgen,
con nosotros convivió,
y tras sembrar su palabra,
de su convivencial estancia
cerró el admirable ciclo.

En la última cena
que tomó con sus hermanos,
observada la ley plena,
tras los consumos rituales,
como alimento a los doce
se dio con sus propias manos.

El Verbo en carne, con su verbo
hizo realmente el pan su Carne,
y el vino Sangre de Cristo:
y aunque el sentido no alcanza,
para afirmarlo al sincero corazón
con la sola fe le basta.

A tan grande sacramento
veneremos genuflexos;
y el antiguo documento
al rito ceda del nuevo:
y dé la fe el suplemento
al sentido insuficiente.

A Engendrador y Engendrado
loores y cantos gozosos,
salutaciones, honores,
con méritos y bendiciones:
y al Procedente de ambos
comparables alabanzas.
Amén.

martes, 1 de junio de 2010

Chiste de dominicos y jesuitas


Este chiste es común entre los Padres Predicadores y dice asi:

P ¿En que se parecen los jesuitas y dominicos?
R: Bueno, ambos fueron fundados por los españoles, Santo Domingo de los dominicos, y San Ignacio de Loyola de los jesuitas.También fueron ambas fundadas para luchar contra la herejía: los dominicanos para luchar contra los albigenses y los jesuitas para luchar contra los protestantes.

P: ¿Cuál es la diferencia entre los jesuitas y dominicos?
R: Bueno, ¿has conocido a albigenses últimamente?

Extraído de Sursum Corda